
La mitología primitiva es la lengua poética con la que los pueblos antiguos explicaban los fenómenos naturales. Como tal lengua ya no se ajusta a los hábitos de la vida moderna, hoy nos parece bastante extraña, pero es necesario familiarizarnos con ella si queremos comprender el sentido y el alcance de las leyendas.
Todo lo que nos presenta la naturaleza exterior era, a los ojos de los antiguos, la forma visible de personalidades divinas. La tierra, el cielo, el sol, los astros, las montañas, los volcanes, los temblores de tierra, los ríos, los arroyos, los árboles, eran personajes divinos, cuya historia narraban los poetas, y cuya imagen fijaban los escultores. Pero la alegoría no era absolutamente una forma particular del arte, pues también formaba parte del lenguaje habitual. Algunas expresiones mitológicas han pasado a nuestro lenguaje moderno. Por ejemplo, decimos: el sol se acuesta; y, sin embargo, sabemos que no se desviste ni se acuesta; se trata solo de una forma alegórica admitida por el hábito. La única diferencia es que rara vez usamos tales formas, mientras que la antigüedad las utilizaba constantemente.
El sol, para los antiguos, era un brillante dios en lucha contra la noche; cuando un volcán arrojaba lava al aire, decían que un gigante estaba atacando el cielo, y cuando la erupción llegaba a su fin, afirmaban que Júpiter, victorioso, lo había arrojado al Tártaro. Una tormenta significaba la cólera de Neptuno, y, para indicar un temblor de tierra, este surgía bajo el aspecto de una hierba naciente, era porque Perséfone, abandonando la tenebrosa morada, volvía al lado de su madre Ceres, que es la tierra cubierta de cosechas; cuando la primavera se vestía de flores, se trataba de la resurrección de Adonis, etc., etc.
Innumerables fábulas explicaban naturalmente estos hábitos alegóricos del lenguaje. Cada río era un dios, cada arroyo una ninfa. Si en un tramo corrían en la misma dirección era porque se amaban. Cuando unían sus aguas, se trataba de un himeneo.
Las catástrofes, los accidentes de la vida se revestían del mismo aspecto en la narración. La historia de Hilas, arrebatado por las ninfas, nos muestra claramente lo que debemos entender por el lenguaje mitológico de los antiguos. Cuando un periódico describe la muerte de un joven que se ahogó, dice en nuestro estilo moderno: "Deplorable accidente acaba de afligir a nuestra comunidad. El joven H... yendo muy temprano por la mañana a bañarse... etc.". Decían los griegos: "Era tan hermoso que las ninfas, enamoradas, lo raptaron y lo llevaron al seno de las aguas".
Todas las ciudades pretendían estar bajo la protección de una divinidad de la cual se decían hijas: Atenas (Athene, nombre griego de Minerva) era hija de Júpiter. Siendo Júpiter el más poderoso de los dioses, por ser la bóveda del cielo, el reunidor de las nubes, y el señor de los rayos, innumerables eran las ciudades que pretendían serle hijas, y la manera en que establecían su origen divino era simplísima: siendo el río que bañaba una localidad una ninfa, esta ninfa había tenido la ventura de agradar a Júpiter, y de la unión de ambos habían nacido los héroes protectores y fundadores de la ciudad. Como jamás hubo en Grecia una iglesia constituida, y como la única misión formular dogma de ninguna especie, cada uno tejía, de acuerdo con la propia imaginación, las leyendas locales, o las narraba a los niños bajo la forma de cuentos de hadas.
Por una asociación de ideas, familiar a los amigos, pero que casi siempre nos asombra, se confundían las personificaciones divinas de los fenómenos físicos, a los ojos de las poblaciones, con poderes morales: el cielo que derramaba el rayo era Júpiter vengándose; el grano que se convierte en planta después de fermentar en la tierra era al mismo tiempo el alma inmortal que despierta para alguien de la tumba.
MÉNARD, René. 1827, 1887. Mitología greco-romana / René Ménard; traducción Aldo Della Nina. São Paulo: Opus, 1991. Obra en 3 volúmenes. V. 1. p. 11 a 13
La mitología primitiva es la lengua poética con la que los pueblos antiguos explicaban los fenómenos naturales. Como tal lengua ya no se ajusta a los hábitos de la vida moderna, hoy nos parece bastante extraña, pero es necesario familiarizarnos con ella si queremos comprender el sentido y el alcance de las leyendas.
Todo lo que nos presenta la naturaleza exterior era, a los ojos de los antiguos, la forma visible de personalidades divinas. La tierra, el cielo, el sol, los astros, las montañas, los volcanes, los temblores de tierra, los ríos, los arroyos, los árboles, eran personajes divinos, cuya historia narraban los poetas, y cuya imagen fijaban los escultores. Pero la alegoría no era absolutamente una forma particular del arte, pues también formaba parte del lenguaje habitual. Algunas expresiones mitológicas han pasado a nuestro lenguaje moderno. Por ejemplo, decimos: el sol se acuesta; y, sin embargo, sabemos que no se desviste ni se acuesta; se trata solo de una forma alegórica admitida por el hábito. La única diferencia es que rara vez usamos tales formas, mientras que la antigüedad las utilizaba constantemente.
El sol, para los antiguos, era un brillante dios en lucha contra la noche; cuando un volcán arrojaba lava al aire, decían que un gigante estaba atacando el cielo, y cuando la erupción llegaba a su fin, afirmaban que Júpiter, victorioso, lo había arrojado al Tártaro. Una tormenta significaba la cólera de Neptuno, y, para indicar un temblor de tierra, este surgía bajo el aspecto de una hierba naciente, era porque Perséfone, abandonando la tenebrosa morada, volvía al lado de su madre Ceres, que es la tierra cubierta de cosechas; cuando la primavera se vestía de flores, se trataba de la resurrección de Adonis, etc., etc.
Innumerables fábulas explicaban naturalmente estos hábitos alegóricos del lenguaje. Cada río era un dios, cada arroyo una ninfa. Si en un tramo corrían en la misma dirección era porque se amaban. Cuando unían sus aguas, se trataba de un himeneo.
Las catástrofes, los accidentes de la vida se revestían del mismo aspecto en la narración. La historia de Hilas, arrebatado por las ninfas, nos muestra claramente lo que debemos entender por el lenguaje mitológico de los antiguos. Cuando un periódico describe la muerte de un joven que se ahogó, dice en nuestro estilo moderno: "Deplorable accidente acaba de afligir a nuestra comunidad. El joven H... yendo muy temprano por la mañana a bañarse... etc.". Decían los griegos: "Era tan hermoso que las ninfas, enamoradas, lo raptaron y lo llevaron al seno de las aguas".
Todas las ciudades pretendían estar bajo la protección de una divinidad de la cual se decían hijas: Atenas (Athene, nombre griego de Minerva) era hija de Júpiter. Siendo Júpiter el más poderoso de los dioses, por ser la bóveda del cielo, el reunidor de las nubes, y el señor de los rayos, innumerables eran las ciudades que pretendían serle hijas, y la manera en que establecían su origen divino era simplísima: siendo el río que bañaba una localidad una ninfa, esta ninfa había tenido la ventura de agradar a Júpiter, y de la unión de ambos habían nacido los héroes protectores y fundadores de la ciudad. Como jamás hubo en Grecia una iglesia constituida, y como la única misión formular dogma de ninguna especie, cada uno tejía, de acuerdo con la propia imaginación, las leyendas locales, o las narraba a los niños bajo la forma de cuentos de hadas.
Por una asociación de ideas, familiar a los amigos, pero que casi siempre nos asombra, se confundían las personificaciones divinas de los fenómenos físicos, a los ojos de las poblaciones, con poderes morales: el cielo que derramaba el rayo era Júpiter vengándose; el grano que se convierte en planta después de fermentar en la tierra era al mismo tiempo el alma inmortal que despierta para alguien de la tumba.
MÉNARD, René. 1827, 1887. Mitología greco-romana / René Ménard; traducción Aldo Della Nina. São Paulo: Opus, 1991. Obra en 3 volúmenes. V. 1. p. 11 a 13



