Mientras caminaba hacia la pequeña sala donde se llevaría a cabo la primera entrevista después de un largo período de reclusión, João, el criminal, pensaba en todo; cómo debía hablar, palabra por palabra. No necesitó sentarse y le contó al entrevistador todos los sueños que pretendía realizar tan pronto como recuperara la libertad. Casa, familia, ¡juicio! Cosas nobles que decía porque no entendía que allí pagaba por su pasado y que sus planes para el futuro no lo salvarían del penoso presente. Y el entrevistador, cansado de tanta reincidencia, ya sabía al ver a João que este escucharía un ‘no’. No le bastó el desprecio.
El entrevistador levantó la mano y censuró a João, quien con sinceridad y dolor, gritó: “estoy arrepentido”. Pero él no sabía que el arrepentimiento que sentía, en realidad, era parte de su castigo, así como la prisión. Y el criminal, que ya sufría todas estas penas, sumó a ellas el desprecio y la opresión. Ahora prohibido de soñar, João fue a su celda a pensar. Sentía dolor y odio. Sufrió más días seguidos, hasta que lo pusieron de nuevo frente al entrevistador. Se quedó callado.
Y el entrevistador preguntó si él no sabía qué decir. No sabía el entrevistador que el “no saber” de João era hoy su mayor castigo. Y viendo la mirada triste de João, creyó mejor no censurarlo, negó con la cabeza y salió, dejando a João sufriendo un segundo no. João se quedaba callado, pues entendía que solo podría mostrar su recuperación estando fuera de la prisión. Pasado otro período, João es llamado para la entrevista. Pero cansado de tanta desilusión, le dio un puñetazo al penitenciario, su amigo, e incluso contra el disgusto de todos, fue llevado a la celda de castigo. João no sabía que ahora el entrevistador sabía que él se arrepentía y decidía liberarlo entonces. Moraleja: Muchas veces sumamos desprecio y censura al castigo de alguien, y lo llevamos a pagar un castigo muchas veces mayor del que merecía por su error. (Nos convertimos en verdugos del hombre).
Sílvio de Souza Lôbo Júnior



