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LA ORACIÓN CRISTIANA
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Fuente: https://www.vatican.va/archive/cathechism_po/index_new/p4s2_2759-2865_po.html#:~:text=Pai%20Nosso%20que%20estais%20nos,na%20terra%20como%20no%20c%C3%A9u.

 

ORACIÓN CRISTIANA

SEGUNDA SECCIÓN

 

LA ORACIÓN DEL SEÑOR: «PADRE NUESTRO»

2759. «Sucedió que, estando Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, le dijo uno de sus discípulos: "Señor, enséñanos a orar, como también Juan enseñó a sus discípulos"» (Lc 11, 1). Fue en respuesta a esta petición que el Señor confió a sus discípulos y a su Iglesia la oración cristiana fundamental. San Lucas nos presenta un texto breve de esta oración (cinco peticiones) (1); San Mateo, una versión más desarrollada (siete peticiones) (2). La tradición litúrgica de la Iglesia ha conservado el texto de San Mateo (Mt 6, 9-13):

Padre nuestro que estás en el cielo,

santificado sea tu Nombre,

venga a nosotros tu Reino,

hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.

El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy,

perdona nuestras ofensas,

como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden,

y no nos dejes caer en tentación,

mas líbranos del Mal.

 

2760. Muy pronto el uso litúrgico concluyó la oración del Señor con una doxología. En la Didaché: «Porque tuyo es el poder y la gloria por los siglos» (3). A esta doxología, las Constituciones Apostólicas añaden al principio: «el Reino» (4), y esta es la fórmula que se usa en nuestros días en la oración ecuménica. La tradición bizantina añade, después de «la gloria»: «Padre, Hijo y Espíritu Santo». El Misal Romano amplía la última petición (5) en la perspectiva explícita de «la esperanza bienaventurada» (6) y de la venida de Jesucristo nuestro Señor, siguiéndole la aclamación de la asamblea que retoma la doxología de las Constituciones Apostólicas.

 

ARTÍCULO 1

 

«RESUMEN DE TODO EL EVANGELIO»

 

2761. «La oración dominical es verdaderamente el resumen de todo el Evangelio» (7). «Después de que el Señor nos legó esta fórmula de oración, añadió: "Pedid y se os dará" (Jn 16, 24). Cada uno puede, por lo tanto, dirigir al cielo diversas oraciones según sus necesidades, pero comenzando siempre por la oración del Señor, que sigue siendo la oración fundamental» (8).

 

I. En el centro de la Sagrada Escritura

 

2762. Después de haber mostrado cómo los Salmos son el alimento principal de la oración cristiana y convergen en las peticiones del Padre Nuestro, San Agustín concluye:

 

«Recorred todas las oraciones que existen en la Sagrada Escritura; no creo que podáis encontrar una sola que no esté incluida y compendiada en esta oración dominical» (9).

 

2763. Todas las Escrituras (la Ley, los Profetas y los Salmos) se cumplieron en Cristo (10). El Evangelio es esta «buena nueva». Su primer anuncio lo resume San Mateo en el sermón de la montaña (11). Ahora bien, la oración del Padre Nuestro está en el centro de este anuncio. Y es en este contexto que se ilumina cada una de las peticiones de la oración legada por el Señor:

 

«La oración dominical es la más perfecta de las oraciones [...]. En ella, no sólo pedimos todo lo que podemos desear rectamente, sino también en el orden en que conviene desearlo. De tal modo que esta oración no sólo nos enseña a pedir, sino que también moldea todos nuestros afectos» (12).

 

2764. El sermón de la montaña es doctrina de vida y la oración dominical es súplica; pero en ambas, el Espíritu del Señor da una forma nueva a nuestros deseos, a esos movimientos interiores que animan nuestra vida. Jesús nos enseña la vida nueva con sus palabras y nos enseña a pedirla por la oración. De la rectitud de nuestra oración dependerá la de nuestra vida en Él.

 

II. «La oración del Señor»

 

2765. La expresión tradicional «oración dominical» (es decir, «oración del Señor») significa que la súplica dirigida a nuestro Padre nos ha sido enseñada y legada por el Señor Jesús. Tal oración, que nos viene de Jesús, es verdaderamente única: es «del Señor». Efectivamente, por una parte, en las palabras de esta oración el Hijo Único nos da las palabras que el Padre le dio (13): Él es el maestro de nuestra oración. Por otra parte, siendo el Verbo encarnado, conoce en su corazón de hombre las necesidades de sus hermanos y hermanas humanos y nos las revela: Él es el modelo de nuestra oración.

 

2766. Pero Jesús no nos deja una fórmula para ser repetida maquinalmente (14). Como en toda oración vocal, es por la Palabra de Dios que el Espíritu Santo enseña a los hijos de Dios a orar a su Padre. Jesús nos da, no sólo las palabras de nuestra oración filial, sino también, al mismo tiempo, el Espíritu por el cual se convierten en nosotros «espíritu y vida» (Jn 6, 63). Más aún: la prueba y la posibilidad de nuestra oración filial es que el Padre «envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: "Abbá ¡Padre!"» (Ga 4, 6). Puesto que nuestra oración traduce nuestros deseos ante el Padre, es también «Aquel que sondea los corazones», el Padre, quien «conoce el deseo del Espíritu, porque es según Dios que el Espíritu intercede por los santos» (Rm 8, 27). La oración a nuestro Padre se inserta en la misión misteriosa del Hijo y del Espíritu.

 

III. La oración de la Iglesia

 

2767. Este don indisoluble de las palabras del Señor y del Espíritu Santo que les da vida en el corazón de los creyentes fue recibido y vivido por la Iglesia desde sus orígenes. Las primeras comunidades rezaban la oración del Señor «tres veces al día» (15), en lugar de las «dieciocho bendiciones» usadas por la piedad judía.

 

2768. Según la Tradición apostólica, la oración del Señor está esencialmente radicada en la oración litúrgica:

 

El Señor «nos enseña a hacer nuestra oración en común por todos nuestros hermanos. Porque no dice "mi Padre" que estás en los cielos, sino "nuestro Padre", para que nuestra oración sea, en una sola alma, por todo el cuerpo de la Iglesia» (16).

 

En todas las tradiciones litúrgicas, la oración del Señor es parte integrante de las «horas» principales del Oficio Divino. Pero es sobre todo en los tres sacramentos de la iniciación cristiana que su carácter eclesial aparece con evidencia:

 

2769. En el Bautismo y la Confirmación, la entrega («traditio») de la oración del Señor significa el nuevo nacimiento a la vida divina. Puesto que la oración cristiana consiste en hablar a Dios con la propia Palabra de Dios, aquellos que son «regenerados [...] por la palabra del Dios vivo» (1 P 1, 23) aprenden a invocar a su Padre con la única palabra que Él escucha siempre. Y pueden hacerlo a partir de entonces, porque el sello de la unción del Espíritu Santo ha sido grabado indeleblemente en su corazón, en sus oídos, en sus labios, en todo su ser filial. Es por eso que la mayor parte de los comentarios patrísticos al Padre Nuestro van dirigidos a los catecúmenos y a los neófitos. Cuando la Iglesia reza la oración del Señor, es siempre el pueblo de los «recién nacidos» quien ora y obtiene misericordia (17).

 

2770. En la liturgia eucarística, la oración del Señor aparece como la oración de toda la Iglesia. Allí se revela su sentido pleno y su eficacia. Situada entre la anáfora (oración eucarística) y la liturgia de la comunión, recapitula, por un lado, todas las peticiones e intercesiones expresadas en el movimiento de la epiclesis; y por otro, llama a la puerta del festín del Reino que la Comunión sacramental va a anticipar.

 

2771. En la Eucaristía, la oración del Señor manifiesta también el carácter escatológico de sus peticiones. Es la oración propia de los «últimos tiempos», de los tiempos de la salvación que comenzaron con la efusión del Espíritu Santo y terminarán con el regreso del Señor. Las peticiones que hacemos a nuestro Padre, a diferencia de las oraciones de la Antigua Alianza, se apoyan en el misterio de la salvación ya realizada, de una vez para siempre, en Cristo crucificado y resucitado.

 

2772. De esta fe inquebrantable brota la esperanza que suscita cada una de las siete peticiones. Estas expresan los gemidos del tiempo presente, este tiempo de paciencia y de espera, durante el cual «aún no se ha manifestado lo que seremos» (1 Jn 3, 2) (18). La Eucaristía y el Padre Nuestro tienden a la venida del Señor, «hasta que venga» (1 Co 11, 26).

 

Resumiendo:

 

2773. En respuesta a la petición de sus discípulos («Señor, enséñanos a orar»: Lc 11, 1), Jesús les confía la oración cristiana fundamental del «Padre Nuestro».

 

2774. «La Oración Dominical es verdaderamente el resumen de todo el Evangelio» (19), «la más perfecta de las oraciones» (20). Está en el centro de la Sagrada Escritura.

 

2775. Se llama «Oración Dominical», porque nos viene del Señor Jesús, maestro y modelo de nuestra oración.

 

2776. La Oración Dominical es la oración de la Iglesia por excelencia. Forma parte integrante de las «horas» principales del Oficio Divino y de los sacramentos de la iniciación cristiana: Bautismo, Confirmación y Eucaristía. Integrada en la Eucaristía, manifiesta el carácter «escatológico» de sus peticiones, en la esperanza del Señor, «hasta que venga» (1 Co 11, 26).

 

ARTÍCULO 2

 

«PADRE NUESTRO, QUE ESTÁS EN EL CIELO»

 

I. «Atreverse a acercarse con toda confianza»

 

2777. En la liturgia romana, la asamblea eucarística es invitada a orar a nuestro Padre con audacia filial. Las liturgias orientales utilizan y desarrollan expresiones análogas: «Ousar con toda seguridad», «haznos dignos de». Ante la zarza ardiente se le dijo a Moisés: «No te acerques. Quítate las sandalias» (Ex 3, 5). Este umbral de la santidad divina, sólo Jesús pudo franquearlo, Él que, «habiendo realizado la purificación de los pecados» (Heb 1, 3), nos introduce ante la faz del Padre: «He aquí que yo, y los hijos que Dios me ha dado» (Heb 2, 13):

 

«La conciencia que tenemos de nuestra condición de esclavos nos haría hundir bajo tierra, nuestra condición terrena se disolvería en polvo, si la autoridad del propio Padre y el Espíritu de su Hijo no nos llevaran a soltar este grito diciendo: "¡Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama Abba, Padre!" (Rm 8, 15) [...]. ¿Cuándo la debilidad de un mortal se atrevería a llamar a Dios su Padre, sino solamente cuando lo íntimo del hombre es animado por el poder de lo alto?» (21).

 

2778. Este poder del Espíritu que nos introduce en la oración del Señor se expresa, en las liturgias de Oriente y Occidente, con la bella expresión típicamente cristiana: «parresía», sencillez sin desvío, confianza filial, seguridad alegre, audacia humilde, certeza de ser amado (22).

 

II. «¡Padre!»

 

2779. Antes de hacer nuestro este primer impulso de la oración del Señor, conviene purificar humildemente nuestro corazón de ciertas falsas imágenes «de este mundo». La humildad nos hace reconocer que «nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se digne revelárselo», es decir, «los pequeños» (Mt 11, 25-27). La purificación del corazón se refiere a las imágenes paternas o maternas provenientes de nuestra historia personal y cultural, que influyen en nuestra relación con Dios. Es que Dios, nuestro Padre, trasciende las categorías del mundo creado. Transportar hacia Él o contra Él, nuestras ideas en este dominio, sería fabricar ídolos, a adorar o a derribar. Orar al Padre es entrar en su misterio, tal como Él es y tal como el Hijo nos lo ha revelado:

 

«La expresión Dios Padre nunca había sido revelada a nadie. Cuando el propio Moisés preguntó a Dios quién era, oyó un nombre diferente. A nosotros, este nombre nos ha sido revelado en el Hijo; porque este nombre (de Hijo) implica el nombre de Padre» (23).

 

2780. Podemos invocar a Dios como «Padre», porque Él nos ha sido revelado por su Hijo hecho hombre y porque su Espíritu nos lo da a conocer. La relación personal del Hijo con el Padre (24), que el hombre no puede concebir ni los poderes angélicos pueden entrever, he aquí que el Espíritu del Hijo nos hace participar en ella, a nosotros que creemos que Jesús es el Cristo y que nacimos de Dios (25).

 

2781. Cuando oramos al Padre, estamos en comunión con Él y con su Hijo Jesucristo (26). Es entonces cuando Lo reconocemos en un encanto siempre nuevo. La primera palabra de la oración del Señor es una bendición de adoración, antes de ser una súplica. Porque la gloria de Dios es que Lo reconozcamos como «Padre», Dios verdadero. Le damos gracias por habernos revelado su nombre, por habernos dado la gracia de creer en Él, de ser habitados por su presencia.

 

2782. Podemos adorar al Padre porque Él nos ha hecho renacer a su vida adoptándonos por sus hijos en su Hijo Único: por el Bautismo, nos incorpora al cuerpo de su Cristo; y por la Unción de su Espíritu, que de la Cabeza se derrama por los miembros, nos hace «cristos»:

 

«Dios, que nos predestinó para la adopción de hijos, nos ha hecho conformes al cuerpo glorioso de Cristo. De ahora en adelante, pues, participantes de Cristo, sois con todo el derecho llamados "cristos"» (27).

 

«El hombre nuevo, que ha renacido y ha sido restituido a su Dios por la gracia, empieza por decir: "¡Padre!", porque se ha convertido en hijo» (28).

 

2783. De este modo, por la oración del Señor, se nos revela a nosotros mismos, al mismo tiempo que se nos revela el Padre (29):

 

«¡Oh hombre, no os atrevíais a levantar vuestro rostro al cielo, bajabais vuestros ojos a la tierra, y de repente recibisteis la gracia de Cristo: todos los pecados os fueron perdonados, de mal siervo os tornasteis buen hijo [...]. Por lo tanto, alzad los ojos al Padre que os rescató por su Hijo y decid: Padre nuestro [...]. Pero no reivindiquéis para vosotros algo especial. Sólo de Cristo es Él Padre de modo especial, de todos nosotros es Padre en común; porque sólo a Él engendró, mientras que a nosotros, nos creó. Por tanto, por gracia, decid también vosotros "Padre nuestro", para merecer ser hijo» (30).

 

2784. Este don gratuito de la adopción exige de nuestra parte una conversión continua y una vida nueva. Orar a nuestro Padre debe desarrollar en nosotros dos disposiciones fundamentales:

 

El deseo y la voluntad de parecernos a Él. Creados a su imagen, es por la gracia que la semejanza nos es restituida y a ella debemos corresponder.

 

«Debemos recordar que, cuando llamamos a Dios "nuestro Padre", tenemos que comportarnos como hijos de Dios» (31).

«No podéis llamar vuestro Padre al Dios de toda bondad si conserváis un corazón cruel e inhumano; porque, en ese caso, ya no tenéis la marca de la bondad del Padre celestial» (32).

«Debemos contemplar incesantemente la belleza del Padre y impregnar de ella nuestra alma» (33).

 

2785. Un corazón humilde y confiado que nos haga «volver al estado de niños» (Mt 18, 3): porque es a los «pequeños» a quienes el Padre se revela (Mt 11, 25):

 

Es un estado «que se forma contemplando a Dios solamente, con el ardor de la caridad. En él, el alma se funde y se abisma en santa dilección y trata con Dios como con su propio Padre, muy familiarmente, en una ternura de piedad muy particular» (34).

 

«Padre nuestro – ¿qué habrá de más querido para los hijos que el padre? – Este nombre suscita en nosotros al mismo tiempo el amor, el afecto en la oración, [...] y también la esperanza de obtener lo que vamos a pedir [...]. De hecho, ¿qué puede Él negar a la súplica de sus hijos, cuando ya previamente les ha permitido ser hijos suyos?» (35).

 

III. Padre «nuestro»

 

2786. Padre «nuestro» se refiere a Dios. Por nuestra parte, el adjetivo «nuestro» no expresa una posesión, sino una relación totalmente nueva con Dios.

 

2787. Cuando decimos Padre «nuestro», reconocemos, ante todo, que todas sus promesas de amor, anunciadas por los profetas, se cumplieron en la Nueva y eterna Alianza en su Cristo: nos hemos convertido en «su» pueblo y Él es de ahora en adelante «nuestro» Dios. Esta nueva relación es una pertenencia mutua, dada gratuitamente: es por amor y fidelidad (36) que debemos responder «a la gracia y a la verdad» que nos han sido dadas en Cristo Jesús (37).

 

2788. Puesto que la oración del Señor es la de su pueblo en los «últimos tiempos», este «nuestro» expresa también la certeza de nuestra esperanza en la última promesa de Dios: en la Jerusalén nueva, Él dirá al vencedor: «Yo seré su Dios y él será mi Hijo» (Ap 21, 7).

 

2789. Rezando al «nuestro» Padre, es al Padre de nuestro Señor Jesucristo que nos dirigimos personalmente. No dividimos la divinidad, pues el Padre es su «fuente y origen», pero confesamos de este modo que el Hijo es por Él engendrado eternamente y que de Él procede el Espíritu Santo. Tampoco confundimos las Personas, pues confesamos que nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo en su único Espíritu Santo. La Santísima Trinidad es consustancial e indivisible. Cuando rezamos al Padre, Lo adoramos y glorificamos con el Hijo y el Espíritu Santo.

 

2790. Gramaticalmente, «nuestro» califica una realidad común a varios. Hay un solo Dios, que es reconocido como Padre por aquellos que, por la fe en su Hijo Único, han renacido de Él por el agua y el Espíritu (38). La Iglesia es esta nueva comunión de Dios con los hombres; unida al Hijo Único, que se ha convertido en el «primogénito de muchos hermanos» (Rm 8, 29), está en comunión con un solo y mismo Padre, en un solo y mismo Espíritu Santo (39). Al rezar Padre «nuestro», cada bautizado reza en esta comunión: «La multitud de los que habían creído tenía un solo corazón y una sola alma» (Hec 4, 32).

 

2791. Es por eso que, a pesar de las divisiones de los cristianos, la oración al «nuestro» Padre continúa siendo un bien común y un llamado apremiante para todos los bautizados. En comunión por la fe en Cristo y por el Bautismo, deben participar en la oración de Jesús por la unidad de sus discípulos (40).

 

2792. Por fin, si rezamos en verdad el «Padre Nuestro», salimos del individualismo, pues el Amor que acogemos de Él nos libera. El «nuestro» del principio de la oración del Señor, así como el «nosotros» de las cuatro últimas peticiones, no es exclusivo de nadie. Para que sea dicho en verdad (41), nuestras divisiones y oposiciones tienen que ser superadas.

 

2793. Los bautizados no pueden decir Padre «nuestro», sin llevar hasta Él a todos aquellos por quienes Él dio a su Hijo amado. El amor de Dios no tiene fronteras; nuestra oración debe tenerlas también (42). Rezar Padre «nuestro» nos abre a las dimensiones de su amor manifestado en Cristo: orar con y por todos los hombres que aún no lo conocen, para que sean «reunidos en unidad» (43). Este cuidado divino por todos los hombres y por toda la creación ha animado a todos los grandes orantes; debe también dilatar nuestra oración en un amor sin límites, cuando nos atrevemos a decir: Padre «nuestro».

 

IV. «Que estás en el cielo»

 

2794. Esta expresión bíblica no significa un lugar («el espacio»), sino un modo de ser; no es el distanciamiento de Dios, sino su majestad. Nuestro Padre no está «en algún sitio», está «más allá de todo» lo que podemos concebir de su santidad. Y es por ser tres veces santo que Él está mismo junto al corazón humilde y contrito:

 

«Con razón estas palabras: "Padre nuestro que estás en el cielo" se refieren al corazón de los justos, en los cuales Dios habita como en su templo. Por eso, también aquel que ora ha de desear ver morar en sí a Aquel a quien invoca» (44). «Los "cielos" también podrían muy bien ser aquellos que traen en sí la imagen del mundo celeste y en quienes Dios mora y pasea» (45).

 

2795. El símbolo de los cielos nos remite al misterio de la Alianza que vivimos, cuando rezamos al Padre. Él está en los cielos: es su morada. La casa del Padre es, pues, nuestra «patria». Fue de la tierra de la Alianza que el pecado nos exilió (46), y es hacia el Padre, hacia el cielo, que la conversión del corazón nos hace volver (47). Ahora bien, fue en Cristo que el cielo y la tierra se reconciliaron (48), porque el Hijo «descendió del cielo», solo, y hacia allá nos hace subir juntamente consigo, por su cruz, resurrección y ascensión (49).

 

2796. Cuando la Iglesia reza «Padre nuestro que estás en los cielos», profesa que somos el pueblo de Dios ya sentado en los cielos en Cristo Jesús (50) escondidos con Cristo en Dios (51) y que, al mismo tiempo, «gemimos en esta tienda, anhelando revestirnos de nuestra morada celeste» (2 Co 5, 2) (52):

 

Los cristianos «están en la carne, pero no viven según la carne. Pasan la vida en la tierra, pero son ciudadanos del cielo» (53).

 

Resumiendo:

 

2797. La confianza sencilla y fiel, la seguridad humilde y alegre son las disposiciones que convienen a quien reza el Padre Nuestro.

 

2798. Podemos invocar a Dios como «Padre», porque nos lo ha revelado el Hijo de Dios hecho hombre, en quien, por el Bautismo, somos incorporados y adoptados como hijos de Dios.

 

2799. La oración del Señor nos pone en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Y, al mismo tiempo, nos revela a nosotros mismos (54).

 

2800. Rezar a nuestro Padre debe hacer crecer en nosotros la voluntad de parecernos a Él y crear en nosotros un corazón humilde y confiado.

 

2801. Al decir Padre «nuestro», invocamos la Nueva Alianza en Jesucristo, la comunión con la Santísima Trinidad y la caridad divina que, a través de la Iglesia, se extiende a las dimensiones del mundo.

 

2802. La expresión «que estás en los cielos» no designa un lugar, sino la majestad de Dios y su presencia en el corazón de los justos. El cielo, la Casa del Padre, constituye la verdadera patria, hacia la cual caminamos y a la cual desde ya pertenecemos.

 

ARTÍCULO 3

 

LAS SIETE PETICIONES

 

2803. Después de habernos puesto en presencia de Dios nuestro Padre para Adorarlo, amarlo y bendecirlo, el Espíritu filial hace brotar de nuestros corazones siete peticiones, que son siete bendiciones. Las tres primeras, más teologales, nos atraen hacia la gloria del Padre; las cuatro últimas, como caminos hacia Él, exponen nuestra miseria a su gracia. «Abismo llama a abismo» (Sal 42, 8).

 

2804. El primer conjunto nos lleva hacia Él, para Él: ¡tu nombre, tu Reino, tu voluntad! Es propio del amor pensar, en primer lugar, en Aquél a quien amamos. En cada una de las tres súplicas, nosotros no nos «nombrarnos» a nosotros mismos, sino que lo que nos mueve es el «ardiente deseo», es incluso «el ansia» del Hijo amado por la gloria de su Padre (55): «Santificado sea [...]. Venga [...]. Hágase...». Estas tres súplicas ya han sido atendidas en el sacrificio de Cristo salvador, pero ahora están orientadas, en la esperanza, hacia su cumplimiento final, mientras Dios aún no es todo en todos (56).

 

2805. El segundo conjunto de peticiones sigue la dinámica de ciertas epíclesis eucarísticas: es ofrenda de nuestras expectativas y atrae la mirada del Padre de las misericordias. Parte de nosotros y nos concierne ya ahora, en este mundo: «Danos [...], perdónanos [...], no nos dejes [...], líbranos...». La cuarta y quinta peticiones se refieren a nuestra vida, como tal, ya sea para alimentarla, ya sea para curarla del pecado. Las dos últimas se refieren a nuestro combate por la victoria de la vida, que es el propio combate de la oración.

 

2806. Por las tres primeras peticiones, somos confirmados en la fe, colmados de esperanza y abrasados por la caridad. Criaturas y, además, pecadores, debemos pedir por nosotros – un «nosotros» a medida del mundo y de la historia – que entregamos al amor sin medida de nuestro Dios. Pues es por el nombre de su Cristo y por el Reino de su Espíritu Santo que nuestro Padre realiza su designio de salvación para nosotros y para todo el mundo.

 

I. «Santificado sea tu Nombre»

 

2807. La palabra «santificar» debe entenderse, aquí, antes que nada, no en su sentido causativo (sólo Dios santifica, hace santo), sino sobre todo en un sentido estimativo: reconocer como santo, tratar de un modo santo. Es así que, en la adoración, esta invocación se entiende a veces como alabanza y acción de gracias (57). Pero esta petición nos es enseñada por Jesús en forma optativa: un pedido, un deseo, y expectativa en la cual Dios y el hombre están comprometidos. Desde la primera petición a nuestro Padre, nos sumergimos en el misterio íntimo de su divinidad y en el drama de la salvación de nuestra humanidad. Pedirle que su nombre sea santificado es involucrarnos «en el benevolente designio que Él de antemano formó a nuestro respecto» (Ef 1, 9), para que «seamos santos e inmaculados ante Él, en el amor» (Ef 1, 4).

 

2808. En los momentos decisivos de su economía, Dios revela su nombre; pero lo revela realizando su obra. Ahora bien, esta obra sólo se realiza, para nosotros y en nosotros, si su nombre es santificado por nosotros y en nosotros.

 

2809. La santidad de Dios es el foco inaccesible de su misterio eterno. A lo que de ella se ha manifestado en la creación y en la historia, la Escritura llama Gloria, la irradiación de su majestad (58). Al hacer al hombre «a su imagen y semejanza» (Gn 1, 26), Dios «lo corona de gloria» (59), pero, al pecar, el hombre es «privado de la gloria de Dios» (60). Desde entonces, Dios va a manifestar su santidad revelando y dando su nombre, para restaurar al hombre «a imagen de su Creador» (Col 3, 10).

 

2810. En la promesa hecha a Abraham y en el juramento que la acompaña (61), Dios se compromete a Sí mismo, pero sin revelar su nombre. Es a Moisés que empieza a revelárselo (62), y lo manifiesta a los ojos de todo el pueblo salvándolo de los Egipcios: «se ha revestido de gloria» (Ex 15, 1). A partir de la Alianza del Sinaí, este pueblo es «suyo» y debe ser una «nación santa» (o consagrada; en hebreo es la misma palabra) (63), porque el nombre de Dios habita en ella.

 

2811. Ahora bien, a pesar de la Ley santa que el Dios santo le dio y volvió a dar (64), y mucho aunque el Señor, «por respeto a su nombre», usase de paciencia, el pueblo se desvió del Santo de Israel y «profanó su nombre entre las naciones» (65). Por eso, los justos de la Antigua Alianza, los pobres retornados del exilio y los profetas ardieron de pasión por el Nombre.

 

2812. Finalmente, es en Jesús que el nombre del Dios santo nos es revelado y dado, en la carne, como salvador (66): revelado por lo que Él es, por su Palabra y por su sacrificio (67). Es el corazón de su oración sacerdotal: «Padre santo, [...] por ellos Yo me consagro para que también ellos sean consagrados en la verdad» (Jn 17, 19). Porque Él mismo «santifica» su nombre (68), es que Jesús nos «manifiesta» el nombre del Padre (69). Al término de su Pascua es que el Padre le da entonces el nombre que está sobre todo nombre: Jesús es Señor para gloria de Dios Padre (70).

 

2813. En el agua del Bautismo, fuimos «purificados, santificados, justificados por el nombre del Señor Jesús Cristo y por el Espíritu de nuestro Dios» (1 Co 6, 11). En toda nuestra vida, nuestro Padre nos llama «a la santidad» (1 Ts 4, 7) y, puesto que es por Él que estamos en Cristo Jesús, «el cual se ha convertido para nosotros [...] en santidad» (1 Co 1, 30), interesa a su gloria y a nuestra vida que su nombre sea santificado en nosotros y por nosotros. Tal es la urgencia de nuestra primera petición.

 

«¿Por quién podría Dios ser santificado si es Él mismo quien santifica? Pero porque Él mismo dijo: "sed santos, porque Yo soy santo" (Lv 14, 44), nosotros que hemos sido santificados en el Bautismo, pedimos y rogamos para perseverar en lo que empezamos a ser. Y eso nosotros lo pedimos todos los días. Necesitamos una santificación cotidiana para que, incurriendo en faltas todos los días, todos los días seamos de ellas purificados por una santificación asidua [...] Por lo tanto, oramos para que esta santificación permanezca en nosotros» (71).

 

2814. Depende inseparablemente de nuestra vida y de nuestra oración que su nombre sea santificado entre las naciones:

 

«Pedimos a Dios que su nombre sea santificado, porque es por la santidad que Él salva y santifica toda la creación. [...] Este es el nombre que da la salvación al mundo perdido. Pero pedimos que este nombre de Dios sea santificado en nosotros por nuestra actuación. Porque si actuamos bien, el nombre de Dios es bendito; pero es blasfemado si actuamos mal. Escucha lo que dice el Apóstol: "El nombre de Dios es blasfemado entre las naciones, por causa de vosotros" (Rm 2, 24) 72. Nosotros, por lo tanto, pedimos para merecer tener en nuestras costumbres tanta santidad, cuanto es santo el nombre de Dios» (73).

 

«Cuando decimos: "Santificado sea vuestro Nombre", pedimos que sea santificado en nosotros que estamos en Él, pero también en los otros, por quienes la gracia de Dios todavía está a la espera, para conformarnos al precepto que nos obliga a orar por todos, incluso por nuestros enemigos. Es por eso que no decimos expresamente: santificado sea vuestro nombre "en nosotros", porque pedimos que lo sea en todos los hombres» (74).

 

2815. Esta petición, que las incluye todas, es atendida por la oración de Cristo, como las restantes seis peticiones que se siguen. La oración que hacemos a nuestro Padre es nuestra, si es rezada «en nombre» de Jesús (75). En su oración sacerdotal, Jesús pide: «Padre santo, guarda en tu nombre a los que me has dado» (Jn 17, 11).

 

II. «Venga a nosotros tu Reino»

 

2816. En el Nuevo Testamento, la misma palabra «basileia» puede traducirse por realeza (nombre abstracto), reino (nombre concreto) o reinado (nombre de acción). El Reino de Dios está ante nosotros. Se acercó en el Verbo encarnado, fue anunciado a través de todo el Evangelio, vino en la muerte y resurrección de Cristo. El Reino de Dios viene desde la santa cena y, en la Eucaristía, está en medio de nosotros. El Reino vendrá en la gloria, cuando Cristo lo entregue a su Padre:

 

«¿Es incluso posible [...] que el Reino de Dios signifique a Cristo mismo, a Quien todos los días deseamos que venga y cuya Venida queremos que suceda pronto. Del mismo modo que Él es nuestra resurrección, pues en Él resucitamos, así también puede ser Él mismo el Reino de Dios, porque en Él reinaremos» (76).

 

2817. Esta petición es el «Marana Tha», el clamor del Espíritu y de la esposa: «¡Ven, Señor Jesús!»:

 

«Incluso si esta oración no nos hubiera impuesto el deber de pedir la venida de este Reino, habríamos soltado espontáneamente este grito, con prisa por ir a abrazar el objeto de nuestras esperanzas. Las almas de los mártires, bajo el altar de Dios, invocan al Señor con grandes gritos: "¿Hasta cuándo, Señor, hasta cuándo tardarás en pedir cuentas de nuestra sangre a los habitantes de la tierra?" (Ap 6, 10). Ellos deben, en efecto, alcanzar justicia, al final de los tiempos. ¡Apresura, por lo tanto, Señor, la venida de tu Reino!» (77).

 

2818. En la oración del Señor, se trata principalmente de la venida final del Reino de Dios por el regreso de Cristo (78). Pero este deseo no distrae a la Iglesia de su misión en este mundo, antes la compromete en ella. Porque, desde Pentecostés, la venida del Reino es obra del Espíritu del Señor, «para continuar su obra en el mundo y consumar toda santificación» (79).

 

2819. «El Reino de Dios [...] es justicia, paz y alegría en el Espíritu Santo» (Rm 14, 17). Los últimos tiempos en que nos encontramos son los de la efusión del Espíritu Santo. Se libra desde entonces un combate decisivo entre «la carne» y el Espíritu (80):

 

«Sólo un corazón puro puede decir con confianza: "Venga a nosotros tu Reino". Es preciso haber pasado por la escuela de Pablo para decir: "Que el pecado deje de reinar en vuestro cuerpo mortal" (Rm 6, 12). Quien se conserva puro en sus actos, pensamientos y palabras es quien puede decir a Dios: "¡Venga a nosotros tu Reino!"» (81).

 

2820. Discerniendo según el Espíritu, los cristianos deben distinguir entre el crecimiento del Reino de Dios y el progreso de la cultura y de la sociedad en la que están insertos. Esta distinción no es una separación. La vocación del hombre a la vida eterna no suprime, antes refuerza, su deber de aplicar las energías y los medios recibidos del Creador al servicio de la justicia y de la paz en este mundo (82).

 

2821. Esta petición es hecha y atendida en la oración de Jesús (83), presente y eficaz en la Eucaristía; ella produce su fruto en la vida nueva según las bienaventuranzas (84).

 

III. «Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo»

 

2822. Es voluntad de nuestro Padre «que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Tm 2, 3-4). Él «usa de paciencia [...], no queriendo que ninguno se pierda» (2 P 3, 9) (85). Su mandamiento, que resume todos los demás y nos dice toda su voluntad, es que nos amemos unos a otros como Él nos amó (86).

 

2823. Él «nos ha manifestado el misterio de su voluntad, según el beneplácito que en Él de antemano estableció [...]: instaurar todas las cosas en Cristo [...]. Fue en Él también que fuimos elegidos como su herencia, predestinados según el designio de aquel que todo lo obra conforme a la decisión de su voluntad» (Ef 1, 9-11). Pedimos con empeño que este plan benevolente se realice por completo en la tierra, como ya se cumple en el cielo.

 

2824. Fue en Cristo y por su voluntad humana que la voluntad del Padre se cumplió perfectamente y de una vez para siempre. Al entrar en este mundo, Jesús dijo: «Yo vengo, [...] ¡oh Dios!, para hacer tu voluntad» (Heb 10, 7) (87). Sólo Jesús puede decir: «Hago siempre lo que le agrada» (Jn 8, 29). En la oración de su agonía, se conforma totalmente con esta voluntad: «¡No se haga mi voluntad, sino la tuya!» (Lc 22, 42) (88). He aquí por qué Jesús «se entregó por nuestros pecados [...] conforme a la voluntad de Dios» (Ga 1, 4). «En virtud de esa misma voluntad es que hemos sido santificados, por la ofrenda del cuerpo de Jesucristo» (Heb 10, 10).

 

2825. Jesús, «a pesar de ser Hijo, aprendió, por lo que sufrió, lo que es obedecer» (Heb 5, 8). ¡Con cuánta más razón nosotros, criaturas y pecadores, que en Él nos hemos convertido en hijos de adopción! Pedimos a nuestro Padre que una nuestra voluntad a la de su Hijo, para que se cumpla su voluntad, su plan de salvación para la vida del mundo. Somos radicalmente impotentes para ello, pero unidos a Jesús y con el poder de su Espíritu Santo, podemos entregarle nuestra voluntad y decidir elegir lo que su Hijo siempre eligió: hacer lo que agrada al Padre (89):

 

«Adhiriéndonos a Cristo, podemos convertirnos en un solo espíritu con Él y así cumplir su voluntad; de este modo, ella se hará en la tierra como en el cielo» (90). «Considerad cómo Jesucristo nos enseña a ser humildes, haciéndonos ver que nuestra virtud no depende sólo de nuestro trabajo, sino de la gracia de Dios. Aquí, Él ordena a todo fiel que ora a hacerlo de modo universal, por toda la tierra. Porque no dice "hágase tu voluntad" en mí o en ti, sino "en toda la tierra": para que de ella sea desterrado el error y en ella reine la verdad, el vicio sea destruido y la virtud florezca, y para que la tierra deje de ser diferente del cielo» (91).

 

2826. Es por la oración que podemos discernir cuál es la voluntad de Dios (92) y obtener perseverancia para cumplirla (93). Jesús nos enseña que se entra en el Reino de los cielos, no por palabras, sino «haciendo la voluntad de mi Padre que está en los cielos» (Mt 7, 21).

 

2827. «Si alguien honra a Dios y cumple su voluntad, Él lo atiende» (Jn 9, 31) (94). Tal es el poder de la oración de la Iglesia hecha en nombre de su Señor, sobre todo en la Eucaristía; ella es comunión de intercesión con la santísima Madre de Dios (95) y con todos los santos que fueron «agradables» al Señor por no haber querido sino su voluntad:

 

«Podemos todavía, sin traicionar la verdad, traducir estas palabras: "hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo" por estas otras: en la Iglesia como en nuestro Señor Jesucristo; en la esposa que le fue desposada, como en el esposo que cumplió la voluntad del Padre» (96).

 

IV. «El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy»

 

2828. «Danos»: ¡qué bella es la confianza de los hijos, que todo esperan del Padre! «Él hace nacer su sol sobre malos y buenos y llueve sobre justos e injustos» (Mt 5, 45); da a todos los seres vivos «de comer a su tiempo» (Sal 104, 27). Es Jesús quien nos enseña esta petición que, de hecho, glorifica a nuestro Padre porque es el reconocimiento de cuánto Él es bueno, por encima de toda bondad.

 

2829. «Danos» es también expresión de la Alianza: nosotros somos suyos y Él es nuestro, es para nosotros. Pero este «nosotros» lo reconoce también como Padre de todos los hombres, y le pedimos por todos, solidarios con sus necesidades y sus sufrimientos.

 

2830. «El pan nuestro». El Padre que nos da la vida no puede dejar de darnos el alimento necesario para la vida y todos los bienes «convenientes», materiales y espirituales. En el sermón de la montaña, Jesús insiste en esta confianza filial que coopera con la providencia de nuestro Padre (97). No nos incita a ninguna especie de pasividad (98), sino que quiere liberarnos de toda inquietud ansiosa y de toda preocupación. Así es el abandono filial de los hijos de Dios:

 

«A aquellos que buscan el Reino y la justicia de Dios, Él promete dar todo por añadidura. En efecto, todo pertenece a Dios: nada le faltará a aquel que posee a Dios si él mismo no falta a Dios» (99).

 

2831. Pero la presencia de aquellos que tienen hambre por falta de pan revela otra profundidad de esta petición. El drama del hambre en el mundo llama a los cristianos que oran con sinceridad a asumir una responsabilidad efectiva en relación con sus hermanos, tanto en sus comportamientos personales como en la solidaridad con la familia humana. Esta petición de la oración del Señor no puede aislarse de las parábolas del pobre Lázaro (100) y del Juicio final (101).

 

2832. Como la levadura en la masa, la novedad del Reino debe fermentar la tierra con el Espíritu de Cristo (102). Ha de manifestarse por la instauración de la justicia en las relaciones personales y sociales, económicas e internacionales, sin olvidar nunca que no hay ninguna estructura justa sin hombres que quieran ser justos.

 

2833. Se trata del «nuestro» pan, de «uno» para «muchos». La pobreza de las bienaventuranzas es la virtud de la compartición. Invita a comunicar y a compartir los bienes materiales y espirituales, no por coacción, sino por amor, para que la abundancia de unos remede las necesidades de los otros (103).

 

2834. «Ora y trabaja» (104). «Orad como si todo dependiera de Dios, y trabajad como si todo dependiera de vosotros» (105). Habiendo nosotros hecho nuestro trabajo, el alimento continúa siendo una dádiva de nuestro Padre; es bueno pedírselo dándole gracias por él. Tal es el sentido de la bendición de la mesa en una familia cristiana.

 

2835. Esta petición y la responsabilidad que comporta valen también para otra hambre de que los hombres mueren: «El hombre no vive sólo de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4, 4) (106), es decir, de su Palabra y de su Aliento. Los cristianos deben movilizar todos los esfuerzos para «anunciar el Evangelio a los pobres». Hay un hambre en la tierra que «no es hambre de pan ni sed de agua, sino de oír la Palabra del Señor» (Am 8, 11). Es por eso que el sentido específicamente cristiano de esta cuarta petición tiene que ver con el Pan de Vida: la Palabra de Dios, que debe ser acogida en la fe, y el cuerpo de Cristo, recibido en la Eucaristía (107).

 

2836. «Hoy» es otra expresión de confianza. Es el Señor quien nos la enseña (108); nuestra presunción no podría inventarla. Tratándose sobre todo de su Palabra y del cuerpo de su Hijo, este «hoy» no es solamente el de nuestro tiempo mortal: es el «Hoy» de Dios:

 

«Si cada día recibes el pan, cada día es hoy para ti. Si Cristo es para ti hoy, todos los días Él resucita para ti. ¿Cómo es eso? "Tú eres mi Hijo, hoy te he engendrado" (Sal 2, 7). Hoy significa: cuando Cristo resucita» (109).

 

2837. «De cada día». Esta palabra «epioúsios» no se usa en ningún otro lugar del Nuevo Testamento. Tomada en un sentido temporal, es una repetición pedagógica del «hoy» (110) para confirmarnos en una confianza «sin reservas». Tomada en sentido cualitativo, significa lo necesario para la vida y, de un modo más amplio, todo el bien suficiente para la subsistencia (111). Tomada literalmente (epioúsios, «sobre-sustancial»), designa directamente el Pan de Vida, el cuerpo de Cristo, «remedio de inmortalidad» (112), sin el cual no tenemos la vida en nosotros (113). Finalmente, ligada a lo antecedente, es evidente el sentido celestial: «este día» es el del Señor, el del banquete del Reino, anticipado en la Eucaristía que es ya el anticipo del Reino que viene. Es por eso conveniente que la liturgia Eucarística sea celebrada en «cada día».

 

«La Eucaristía es nuestro pan de cada día [...]. La virtud propia de este alimento es la de realizar la unidad para que, reunidos en el cuerpo de Cristo, hechos sus miembros, seamos lo que recibimos. [...] Y también son pan de cada día las lecturas que cada día oís en la iglesia; y los himnos que escucháis y cantáis, son pan de cada día. Estos son los mantimentos necesarios para nuestra peregrinación» (114).

 

El Padre celestial nos exhorta a pedir, como hijos del cielo, el Pan celestial (115). Cristo «es Él mismo el Pan que, sembrado en la Virgen, leudado en la carne, amasado en la pasión, cocido en el horno del sepulcro, guardado en reserva en la Iglesia, llevado a los altares, proporciona cada día a los fieles un alimento celeste» (116).

 

V. «Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden»

 

2838. Esta petición es sorprendente. Si comportase solamente el primer miembro de la frase – «Perdona nuestras ofensas» – podría estar incluida implícitamente en las tres primeras peticiones de la oración del Señor, pues el sacrificio de Cristo es «para la remisión de los pecados». Pero, de acuerdo con el segundo miembro de la frase, nuestra petición no será atendida sin que primero hayamos satisfecho una exigencia. Es una petición vuelta hacia el futuro y nuestra respuesta debe haberla precedido; las une una expresión: «como».

 

«PERDONA NUESTRAS OFENSAS»...

 

2839. Hemos empezado a orar a nuestro Padre con un sentimiento de audaz confianza. Suplicándole que su nombre sea santificado, le pedimos que seamos cada vez más santificados. Pero, a pesar de estar revestidos de la veste bautismal, no hemos dejado de pecar, de desviarnos de Dios. Ahora, en esta nueva petición, volvemos a Él, como el hijo pródigo (117), y nos reconocemos pecadores en su presencia, como el publicano (118). Nuestra petición empieza por una «confesión» en la cual, al mismo tiempo, confesamos nuestra miseria y su misericordia. Nuestra esperanza es firme, pues que en su Hijo «tenemos la redención, la remisión de nuestros pecados» (Col 1, 14) (119). Y encontramos en los sacramentos de su Iglesia el signo eficaz e indudable de su perdón (120).

 

2840. Ahora bien, y eso es temible, esta ola de misericordia no puede penetrar en nuestros corazones mientras no hayamos perdonado a aquellos que nos ofendieron. El amor, como el cuerpo de Cristo, es indivisible: no podemos amar a Dios, a quien no vemos, si no amamos al hermano o a la hermana, que vemos (121). Negándonos a perdonar a nuestros hermanos o hermanas, nuestro corazón se cierra, su dureza lo vuelve impermeable al amor misericordioso del Padre. En la confesión de nuestro pecado, nuestro corazón se abre a su gracia.

 

2841. Esta petición es tan importante que es la única en la cual el Señor vuelve a insistir, desarrollándola en el sermón de la montaña (122). Esta exigencia crucial del misterio de la Alianza es imposible para el hombre. Pero «a Dios todo le es posible» (Mt 19, 26).

 

«COMO TAMBIÉN NOSOTROS PERDONAMOS A LOS QUE NOS OFENDEN»

 

2842. Este «como» no es único en la enseñanza de Jesús. «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5, 48); «sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso» (Lc 6, 36); «os doy un mandamiento nuevo: amaos unos a otros como Yo os he amado» (Jn 13, 34). Observar el mandamiento del Señor es imposible, cuando se trata de imitar, desde el exterior, el modelo divino. Se trata de una participación vital, venida «del fondo del corazón», en la santidad, la misericordia y el amor de nuestro Dios. Sólo el Espíritu, que es «nuestra vida» (Ga 5, 25), puede hacer «nuestros» los mismos sentimientos que existieron en Cristo Jesús (123). Entonces, la unidad del perdón se vuelve posible, «perdonándoos mutuamente como Dios os ha perdonado en Cristo» (Ef 4, 32).

 

2843. Así cobran vida las palabras del Señor sobre el perdón, sobre este amor que ama hasta el extremo del amor (124). La parábola del siervo desapiadado, que concluye la enseñanza del Señor sobre la comunión eclesial (125), termina con estas palabras: «Así procederá con vosotros mi Padre celestial, si cada uno de vosotros no perdona a su hermano de todo corazón». Es ahí, de hecho, «en el fondo del corazón», que todo se ata y desata. No está en nuestro poder dejar de sentir y olvidar la ofensa; pero el corazón que se entrega al Espíritu Santo cambia la herida en compasión y purifica la memoria, transformando la ofensa en intercesión.

 

2844. La oración cristiana llega hasta el perdón de los enemigos (126). Transfigura al discípulo, configurándolo con su Maestro. El perdón es la cumbre de la oración cristiana; el don de la oración sólo puede ser recibido en un corazón en sintonía con la compasión divina. El perdón atestigua también que, en nuestro mundo, el amor es más fuerte que el pecado. Los mártires de ayer y de hoy dan este testimonio de Jesús. El perdón es la condición fundamental de la reconciliación (127) de los hijos de Dios con su Padre y de los hombres entre sí (128).

 

2845. No hay límite ni medida para este perdón esencialmente divino (129). Cuando se trata de ofensas (de «pecados», según Lc 11, 4, o de «deudas» según Mt 6, 12), de hecho nosotros somos siempre deudores: «No debáis a nadie cosa alguna, sino el amor mutuo» (Rm 13, 8). La comunión de la Santísima Trinidad es la fuente y el criterio de la verdad de toda relación (130). Y se vive en la oración, sobre todo en la Eucaristía (131):

 

«Dios no acepta el sacrificio del disidente y le manda retirarse del altar y reconciliarse primero con el hermano: sólo con oraciones pacíficas se pueden hacer las paces con Dios. El mayor sacrificio para Dios es nuestra paz, la concordia fraterna y un pueblo reunido en la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (132).

 

VI. «No nos dejes caer en tentación»

 

2846. Esta petición alcanza la raíz de la precedente, porque nuestros pecados son fruto del consentimiento en la tentación. Pedimos a nuestro Padre que no nos «deje caer» en la tentación. Traducir en una sola palabra el término griego es difícil. Significa «no permitas que entre en» (133), «no nos dejes sucumbir a la tentación». «Dios no es tentado por el mal, ni tienta a nadie» (St 1, 13). Por el contrario, Él quiere librarnos del mal. Lo que Le pedimos es que no nos deje seguir por el camino que conduce al pecado. Nosotros estamos inmersos en el combate «entre la carne y el Espíritu». Esta petición implora el Espíritu de discernimiento y de fortaleza.

 

2847. El Espíritu Santo nos permite discernir entre la prueba, necesaria para el crecimiento del hombre interior (134) en vista de una virtud «comprobada» (135) y la tentación que conduce al pecado y a la muerte (136). Debemos también distinguir entre «ser tentado» y «consentir» en la tentación. Finalmente, el discernimiento desenmascara la mentira de la tentación: aparentemente, su objeto es «bueno, agradable a la vista, deseable» (Gn 3, 6), cuando, en realidad, su fruto es la muerte.

 

«Dios no quiere imponer el bien, quiere que seáis libres [...]. Para algo sirve la tentación. Nadie, sino Dios, sabe lo que nuestra alma ha recibido de Dios, ni nosotros mismos. Pero la tentación lo manifiesta para enseñarnos a conocernos y de ese modo descubrir nuestra miseria y obligarnos a dar gracias por los bienes que la tentación nos ha manifestado» (137).

 

2848. «No entrar en tentación» implica una decisión del corazón: «Donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón [...] Nadie puede servir a dos señores» (Mt 6, 21, 24). «Si vivimos por el Espíritu, caminemos también según el Espíritu» (Ga 5, 25). Es en este «consentimiento» al Espíritu Santo que el Padre nos da la fuerza. «Ninguna tentación os ha sobrevenido que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados sobre vuestras fuerzas, sino que con la tentación os dará también la salida, para que podáis soportarla» (1 Co 10, 13).

 

2849. Ahora bien, un tal combate y una tal victoria sólo son posibles por la oración. Fue por la oración que Jesús venció al Tentador desde el principio (138) y en el último combate de su agonía (139). Fue a su combate y a su agonía que Cristo nos unió en esta petición a nuestro Padre. La vigilancia del corazón es recordada con insistencia (140) en comunión con la suya. La vigilancia es la «guarda del corazón» y Jesús pide al Padre que «nos guarde en su nombre» (141). El Espíritu Santo busca incesantemente despertarnos a esta vigilancia (142). Esta petición adquiere todo su sentido dramático, cuando se relaciona con la tentación final de nuestro combate en la tierra: pide la perseverancia final. «He aquí que llego como ladrón: feliz de quien esté en vela» (Ap 16, 15).

 

VII. «Mas líbranos del Mal»

 

2850. La última petición a nuestro Padre también está incluida en la oración de Jesús: «No te pido que los saques del mundo, sino que los guardes del Maligno» (Jn 17, 15). Ella nos concierne, a cada uno personalmente, pero somos siempre «nosotros» quienes rezamos, en comunión con toda la Iglesia, por la liberación de toda la familia humana. La oración del Señor no cesa de abrirnos a las dimensiones de la economía de la salvación. Nuestra interdependencia en el drama del pecado y de la muerte se transforma en solidaridad en el cuerpo de Cristo, en «comunión de los santos» (143).

 

2851. En esta petición, el Mal no es una abstracción, sino que designa a una persona, Satanás, el Maligno, el ángel que se opone a Dios. El «Diablo» («dia-bolos») es aquel que «se atraviesa» en el designio de Dios y en su «obra de salvación» realizada en Cristo.

 

2852. «Asesino desde el principio, [...] mentiroso y padre de la mentira» (Jn 8, 44), «Satanás, que seduce a todo el universo» (Ap 12, 9), fue por él que el pecado y la muerte entraron en el mundo, y es por su derrota definitiva que toda la creación será «liberada del pecado y de la muerte» (144). «Sabemos que nadie que ha nacido de Dios peca, porque lo preserva Aquel que ha sido engendrado por Dios, y el Maligno, así, no lo toca. Sabemos que somos de Dios y que el mundo entero está sujeto al Maligno» (1 Jn 5, 18-19):

 

«El Señor, que quitó tu pecado y perdonó tus faltas, tiene el poder de protegerte y guardarte contra las insidias del Diablo que te combate, para que no te sorprenda el enemigo que tiene el hábito de engendrar la culpa. Pero quien se entrega a Dios no tiene miedo del Diablo. Porque "¿si Dios está por nosotros, quién contra nosotros?" (Rm 8, 31)» (145).

 

2853. La victoria sobre el «príncipe de este mundo» (146) fue alcanzada, de una vez para siempre, en la «Hora» en que Jesús libremente Se entregó a la muerte para darnos su vida. Fue el juicio de este mundo, y el príncipe de este mundo fue «expulsado» (147). «Se puso a perseguir a la Mujer» (Ap 12, 13) (148), pero no logró alcanzarla: la nueva Eva, «llena de la gracia» del Espíritu Santo, fue preservada del pecado y de la corrupción de la muerte (Inmaculada Concepción y Asunción de la santísima Madre de Dios, María, siempre Virgen). Entonces, «furioso contra la Mujer, fue a hacer la guerra contra el resto de su descendencia» (Ap 12, 17). He aquí por qué el Espíritu y la Iglesia ruegan: «¡Ven, Señor Jesús!» (Ap 22, 17.20), ya que su venida nos liberará del Maligno.

 

2854. Al pedir que seamos liberados del Maligno, pedimos igualmente ser liberados de todos los males, presentes, pasados y futuros, de los cuales él es autor o instigador. En esta última petición, la Iglesia lleva a la presencia del Padre toda la desolación del mundo. Con la liberación de los males que pesan sobre la humanidad, la Iglesia implora el don precioso de la paz y la gracia de la espera perseverante del regreso de Cristo. Orando así, anticipa en la humildad de la fe la recapitulación de todos y de todo, en Aquél que «tiene las llaves de la muerte y de la morada de los muertos» (Ap 1, 18), «Aquel que es, que era y que ha de venir, el Todopoderoso» (Ap 1, 8) (149):

 

«Líbranos de todo mal, Señor, y da al mundo la paz en nuestros días, para que, ayudados por tu misericordia, seamos siempre libres del pecado y de toda perturbación, mientras esperamos la venida gloriosa de Jesucristo nuestro Salvador» (150).

 

LA DOXOLOGÍA FINAL

 

2855. La doxología final – «Porque tuyo es el Reino, el poder y la gloria» – retoma, por inclusión, las tres primeras peticiones del Padre Nuestro: la glorificación de su nombre, la venida de su Reino y el poder de su voluntad salvífica. Pero esta repetición se hace ahora bajo la forma de acción de gracias, como en la liturgia celeste (151). El príncipe de este mundo se había atribuido mentirosamente estos tres títulos de realeza, de poder y de gloria (152). Cristo, el Señor, los restituye a su y nuestro Padre, hasta que Le entregue el Reino, cuando esté definitivamente consumado el misterio de la salvación y Dios sea todo en todos (153).

 

2856. «Después, terminada la oración, dices: Amén, suscribiendo con esta palabra, que significa "Así sea" (154), el contenido de esta oración que Dios nos enseñó» (155).

 

Resumiendo:

 

2857. En el «Padre Nuestro», las tres primeras peticiones tienen por objeto la gloria del Padre: la santificación del Nombre, la venida del Reino y el cumplimiento de la divina voluntad. Las otras cuatro peticiones le presentan nuestros deseos: peticiones concernientes a nuestra vida para alimentarla o curarla del pecado, o relativas a nuestro combate por la victoria del Bien sobre el Mal.

 

2858. Al pedir: «santificado sea tu Nombre», entramos en el designio de Dios, que es la santificación de su nombre – revelado a Moisés y luego en Jesús – por nosotros y en nosotros, así como en todas las naciones y en cada hombre.

 

2859. En la segunda petición, la Iglesia tiene en vista principalmente el regreso de Cristo y la venida final del reinado de Dios. Reza también por el crecimiento del Reino de Dios en el «hoy» de nuestras vidas.

 

2860. En la tercera petición, pedimos al Padre que una nuestra voluntad a la de Su Hijo para cumplir su designio de salvación en la vida del mundo.

 

2861. En la cuarta petición, al decir «danos», expresamos, en comunión con nuestros hermanos, nuestra confianza filial en nuestro Padre de los cielos. «El pan nuestro» designa el alimento terrestre necesario para la subsistencia de todos nosotros, pero significa también el Pan de Vida: la Palabra de Dios y el Cuerpo de Cristo. Él es recibido en el «Hoy» de Dios, como alimento indispensable y (sobre) sustancial del banquete del Reino, anticipado en la Eucaristía.

 

2862. La quinta petición implora para nuestras ofensas la misericordia de Dios, la cual no puede penetrar en nuestro corazón sin que nosotros hayamos sido capaces de perdonar a nuestros enemigos, a ejemplo y con la ayuda de Cristo.

 

2863. Al decir: «no nos dejes caer en tentación», pedimos a Dios que no permita que emprendamos el camino que conduce al pecado. Esta petición implora el Espíritu de discernimiento y de fortaleza; solicita la gracia de la vigilancia y la perseverancia final.

 

2864. En la última petición: «mas líbranos del Mal», el cristiano ruega a Dios, con la Iglesia, que manifieste la victoria, ya alcanzada por Cristo, sobre el «príncipe de este mundo», Satanás, el ángel que se opone personalmente a Dios y a su plan de salvación.

 

2865. Por el «Amén» final, expresamos nuestro «fiat» en relación a las siete peticiones: «Así sea...».

 

 

 

1. Cfr. Lc 11, 2-4.

 

2. Cfr. Mt 6, 9-13.

 

3. Didaché 8, 2: SC 248, 174 (Funk, Patres apostolici 1, 20)

 

4. Constituciones apostólicas 7, 24, 1: SC 336, 174 (Fink, Didascalia et Constitutiones Apostolorum 1, 410).

 

5. Cfr. Rito de la Comunión, [Embolismo]: Misal Romano, edición típica (Typis Polyglottis Vaticanis 1970), p. 472 [Misal Romano, Gráfica de Coimbra 1992, p. 545].

 

6. Cfr. Tit 2, 13.

 

7. Tertuliano, De Oratione, 1, 6: CCL 1, 258 (PL 1, 1255).

 

8. Tertuliano, De Oratione, 10: CCL 1, 263 (PL 1, 1268-1269).

 

9. San Agustín, Epístola 130, 12, 22: CSEL 44, 66 (PL 33, 502).

 

10. Cfr. Lc 24, 44.

 

11. Cfr. Mt 5-7.

 

12. Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae, 2-2, q. 83, a. 9, c: Ed. León. 9, 201.

 

13. Cfr. Jn 17, 7.

 

14. Cfr. Mt 6, 7; 1 Re 18, 26-29.

 

15. Didaché 8, 3: SC 284, 174 (Funk, Patres Apostolici, 1, 20).

 

16. San Juan Crisóstomo, In Matthaeum, homilía 19, 4: PG 57, 278.

 

17. Cfr. 1 P 2, 1-10.

 

18. Cfr. Col 3, 4.

 

19. Tertuliano, De oratione, 1, 6: CCL 1, 258 (PL 1, 1255).

 

20. Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae, 2-2, q. 83, a. 9, c: Ed. León. 9, 201.

 

21. San Pedro Crisólogo, Sermón 71, 3: CCL 24A, 425 (PL 52, 401).

 

22. Cfr. Ef 3, 12; Heb 3, 6; 4, 16; 10, 19; 1 Jn 2, 28; 3, 21; 5, 14.

 

23. Tertuliano, De oratione, 3, 1: CCL 1, 258-259 (PL 1, 1257).

 

24. Cfr. Jn 1, 1. 11.

 

25. Cfr. 1 Jn 5, 1.

 

26. Cfr. 1 Jn 1, 3.

 

27. San Cirilo de Jerusalén, Catecheses mystagogicae, 3, 1: SC 126, 120 (PG 33, 1088).

 

28. San Cipriano de Cartago, De dominica oratione, 9: CCL 3A, 94 (PL 4, 541).

 

29. Cfr. II Concilio del Vaticano, Const. past. Gaudium et spes, 22: AAS 58 (1966) 1042.

 

30. San Ambrosio, De sacramenta, 5, 19: CSEL 73, 66 (PL 16, 450).

 

31. San Cipriano de Cartago, De dominica oratione, 11: CCL 3A, 96 (PL 4, 543).

 

32. San Juan Crisóstomo, De angusta porta et in Orationem dominicam, 3: PG 51, 44.

 

33. San Gregorio de Nisa, Homiliae in Orationem dominicam, 2: Gregorii Nysseni opera, ed. W. Jaeger-H. Langerbeck, v. 7/2 (leiden 1992) p. 30 (PG 44, 1148).

 

34. San Juan Casiano, Conlatio, 9, 18, 1: CSEL 13, 265-266 (PL 49, 788).

 

35. San Agustín, De sermone Domini in monte, 2, 4, 16: CCL 35, 106 (PL 34, 1276).

 

36. Cfr. Os 2, 21-22; 6, 1-6.

 

37. Cfr. Jn 1, 17.

 

38. Cfr. 1 Jn 5, 1; Jn 3, 5.

 

39. Cfr. Ef 4, 4-6.

 

40. Cfr. II Concilio del Vaticano, Decr. Unitatis redintegratio, 8: AAS 57 (1965) 98; Ibid., 22: AAS 57 (1965) 105-106.

 

41. Cfr. Mt 5, 23-24; 6, 14-15.

 

42. Cfr. II Concilio del Vaticano, Decl. Nostra aetate, 5: AAS 58 (1966) 743-744.

 

43. Cfr. Jn 11, 52.

 

44. San Agustín, De sermone Domini in monte, 2, 5, 18: CCL 35, 108-109 (PL 34, 1277).

 

45. San Cirilo de Jerusalén, Catecheses mystagogicae, 5, 11: SC 126, 160 (PG 33, 1117).

 

46. Cfr. Gn 3.

 

47. Cfr. Jr 3, 19 – 4, 1 a; Lc 15, 18.21.

 

48. Cfr. Is 45, 8; Sal 85, 12.

 

49. Cfr. Jn 12, 32; 14, 2-3; 16, 28; 20, 17; Ef 4, 9-10; Heb 1, 3; 2, 13.

 

50. Cfr. Ef 2, 6.

 

51. Cfr. Col 3, 3.

 

52. Cfr. Fl 3, 21; Heb 13, 14.

 

53. Epístola a Diogneto, 5, 8-9: SC 33, 62-64 (Funk, 1, 398).

 

54. Cfr. II Concilio del Vaticano, Const. past. Gaudium et spes, 22: AAS 58 (1966) 1042.

 

55. Cfr. Lc 22, 15; 12, 50.

 

56. Cfr. 1 Co 15, 28.

 

57. Cfr. Sal 111, 9; Lc 1, 49.

 

58. Sal 8; Is 6, 3.

 

59. Cfr. Sal 8, 6.

 

60. Cfr. Rm 3, 23.

 

61. Cfr. Heb 6, 13.

 

62. Cfr. Ex 3, 14.

 

63. Cfr. Ex 19, 5-6.

 

64. Cfr. Lv 19, 2: «Sed santos, porque Yo, el Señor vuestro Dios, soy santo».

 

65. Cfr. Ez 20; 36.

 

66. Cfr. Mt 1, 21; Lc 1, 31.

 

67. Cfr. Jn 8, 28; 17, 8; 17, 17-19.

 

68. Cfr. Ez 20, 39; 36, 20-21.

 

69. Cfr. Jn 17, 6.

 

70. Cfr. Fl 2, 9-11.

 

71. San Cipriano de Cartago, De dominica oratione, 12: CCL 3A, 96-97 (PL 4, 544).

 

72. Cfr. Ez 36, 20-22.

 

73. San Pedro Crisólogo, Sermón 71, 4: CCL 24A, 425 (PL 52, 402).

 

74. Tertuliano, De oratione, 3, 4: CCL 1, 259 (PL 1, 1259).

 

75. Cfr. Jn 14, 13; 15, 16; 16, 24.26.

 

76. San Cipriano de Cartago, De dominica oratione, 13: CCL 3A, 97 (PL 4, 545).

 

77. Tertuliano, De oratione, 5, 2-4: CCL 1, 260 (PL I, 1261-1262).

 

78. Cfr. Tit 2, 13.

 

79. Cfr. Oración Eucarística IV, 118: Misal Romano, edición típica (Typis Polyglottis Vaticanis 1970), p. 468 [Misal Romano, Gráfica de Coimbra 1992, p. 539].

 

80. Cfr. Ga 5, 16-25.

 

81. San Cirilo de Jerusalén, Catecheses mystagogicae, 5, 13: SC 126, 162 (PG 33, 1120).

 

82. Cfr. II Concilio del Vaticano, Const. past. Gaudium et spes, 22: AAS 58 (1966) 1042-1044; Ibid., 32: AAS 58 (1966) 1057; Ibid., 45: AAS 58 (1966) 1065-1066; Pablo VI, Ex. ap. Evangelii nuntiandi, 31: AAS 68 (1976) 26-27.

 

83. Cfr. Jn 17, 17-20.

 

84. Cfr. Mt 5, 13-16; 6, 24; 7, 12-13.

 

85. Cfr. Mt 18, 14.

 

86. Cfr. Jn 13, 34; 1 Jn 3; 4; Lc 10, 25-37.

 

87. Cfr. Sal 40, 8-9.

 

88. Cfr. Jn 4, 34; 5, 30; 6, 38.

 

89. Cfr. Jn 8, 29.

 

90. Orígenes, De oratione, 26, 3: GCS 3, 361 (PG 11, 501).

 

91. San Juan Crisóstomo, In Matthaeum homilía 19, 5: PG 57, 280.

 

92. Cfr. Rm 12, 2; Ef 5, 17.

 

93. Cfr. Heb 10, 36.

 

94. Cfr. 1 Jn 5, 14.

 

95. Cfr. Lc 1, 38.49.

 

96. San Agustín, De sermone Domini in monte, 2, 6, 24: CCL 35, 113 (PL 34, 1279).

 

97. Cfr. Mt 6, 25-34.

 

98. Cfr. 2 Ts 3, 6-13.

 

99. San Cipriano de Cartago, De dominica oratione, 21: CCL 3A, 103 (PL 4, 551).

 

100. Cfr. Lc 16, 19-31.

 

101. Cfr. Mt 25, 31-46.

 

102. Cfr. II Concilio del Vaticano, Decr. Apostolicam actuositatem, 5: AAS 58 (1966) 842.

 

103. Cfr. 2 Co 8, 1-15.

 

104. De la tradición benedictina. Cfr. San Benito, Regla 20;48: CSEL 75, 75-76.114-119 (PL 66, 479-480.703-704).

 

105. Dicho atribuido a San Ignacio de Loyola; cfr. Petrus de Ribadeneyra, Tractatus de modo gubernandi sancti Ignatii, c. 6, 14: MHSI 85, 631.

 

106. Cfr. Dt 8, 3.

 

107. Cfr. Jn 6, 26-58.

 

108. Cfr. Mt 6, 34; Ex 16, 19.

 

109. San Ambrosio, De Sacramentis, 5, 26: CSEL 73, 70 (PL 16, 453).

 

110. Cfr. Ex 16, 19-21.

 

111. Cfr. 1 Tm 6, 8.

 

112. San Ignacio de Antioquía, Epístola ad Ephesios 20, 2: SC 10bis, 76 (Funk 1, 230).

 

113. Cfr. Jn 6, 53-56.

 

114. San Agustín, Sermón 57, 7, 7: PL 38, 389-390.

 

115. Cfr. Jn 6, 51.

 

116. San Pedro Crisólogo, Sermón 67, 7: CCL 24A, 404-405 (PL 52, 402).

 

117. Cfr. Lc 15, 11-32.

 

118. Cfr. Lc 18, 13.

 

119. Cfr. Ef 1, 7.

 

120. Cfr. Mt 26, 28; Jn 20, 23.

 

121. Cfr. 1 Jn 4, 20.

 

122. Cfr. Mt 5, 23-34; 6, 14-15; Mc 11, 25.

 

123. Cfr. Fl 2, 1.5.

 

124. Cfr. Jn 13, 1.

 

125. Cfr. Mt 18, 23-35.

 

126. Cfr. Mt 5, 43-44.

 

127. Cfr. 2 Co 5, 18-21.

 

128. Cfr. Juan Pablo II, Enc. Dives in misericordia, 14: AAS 72 (1980) 1221-1228.

 

129. Cfr. Mt 18, 21-22; Lc 17, 3-4.

 

130. Cfr. 1 Jn 3, 19-24.

 

131. Cfr. Mt 5, 23-24.

 

132. San Cipriano de Cartago, De dominica oratione, 23: CCL 3A, 105 (PL 4, 535-536).

 

133. Cfr. Mt 26, 41.

 

134. Cfr. Lc 8, 13-15; Hec 14, 22; 2 Tm 3, 12.

 

135. Cfr. Rm 5, 3-5.

 

136. Cfr. St 1, 14-15.

 

137. Orígenes, De oratione, 29, 15 y 17: GCS 3, 390-391 (PG 11, 541-544).

 

138. Cfr. Mt 4, 1-11.

 

139. Cfr. Mt 26, 36-44.

 

140. Cfr. Mc 13, 9.23.33-37; 14, 38; Lc 12, 35-40.

 

141. Cfr. Jn 17, 11.

 

142. Cfr. 1 Co 16, 13; Col 4, 2; 1 Ts 5, 6; 1 P 5, 8.

 

143. Cfr. Juan Pablo II, Ex. ap. Reconciliatio et paenitentia, 16: AAS 77 (1985) 214-215.

 

144. Oración eucarística IV, 123: Misal Romano, edición típica (Typis Polyglottis Vaticanis 1970), p. 471 [Misal Romano, Gráfica de Coimbra 1992, 543].

 

145. San Ambrosio, De sacramentis, 5, 30: CSEL 73, 71-72 (PL 16, 454).

 

146. Cfr. Jn 14, 30.

 

147. Cfr. Jn 12, 31; Ap 12, 10.

 

148. Cfr. Ap 12, 13-16.

 

149. Cfr. Ap 1, 4.

 

150. Rito de la Comunión [Embolismo]: Misal Romano, edición típica (Typis Polyglottis Vaticanis 1970), p. 472 [Misal Romano, Gráfica de Coimbra 1992, p. 545].

 

151. Cfr. Ap 1, 6; 4, 11; 5, 13.

 

152. Cfr. Lc 4, 5-6.

 

153. Cfr. 1 Co 15, 24-28.

 

154. Cfr. Lc 1, 38.

 

155. San Cirilo de Jerusalén, Catecheses mystagogicae, 5, 18: SC 126, 168 (PG 33, 1124).

 

LA ORACIÓN CRISTIANA

SEGUNDA SECCIÓN

LA ORACIÓN DEL SEÑOR: «PADRE NUESTRO»

2759. «Sucedió que, estando Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, le dijo uno de sus discípulos: "Señor, enséñanos a orar, como también Juan enseñó a sus discípulos"» (Lc 11, 1). Fue en respuesta a esta petición que el Señor confió a sus discípulos y a su Iglesia la oración cristiana fundamental. San Lucas nos presenta un texto breve de esta oración (cinco peticiones) (1); San Mateo, una versión más desarrollada (siete peticiones) (2). La tradición litúrgica de la Iglesia ha conservado el texto de San Mateo (Mt 6, 9-13):

Padre nuestro que estás en el cielo,

santificado sea tu Nombre,

venga a nosotros tu Reino,

hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.

El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy,

perdona nuestras ofensas,

como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden,

y no nos dejes caer en tentación,

mas líbranos del Mal.

2760. Muy pronto el uso litúrgico concluyó la oración del Señor con una doxología. En la Didaché: «Porque tuyo es el poder y la gloria por los siglos» (3). A esta doxología, las Constituciones Apostólicas añaden al principio: «el Reino» (4), y esta es la fórmula que se usa en nuestros días en la oración ecuménica. La tradición bizantina añade, después de «la gloria»: «Padre, Hijo y Espíritu Santo». El Misal Romano amplía la última petición (5) en la perspectiva explícita de «la esperanza bienaventurada» (6) y de la venida de Jesucristo nuestro Señor, siguiéndole la aclamación de la asamblea que retoma la doxología de las Constituciones Apostólicas.

ARTÍCULO 1

«RESUMEN DE TODO EL EVANGELIO»

2761. «La oración dominical es verdaderamente el resumen de todo el Evangelio» (7). «Después de que el Señor nos legó esta fórmula de oración, añadió: "Pedid y se os dará" (Jn 16, 24). Cada uno puede, por lo tanto, dirigir al cielo diversas oraciones según sus necesidades, pero comenzando siempre por la oración del Señor, que sigue siendo la oración fundamental» (8).

I. En el centro de la Sagrada Escritura

2762. Después de haber mostrado cómo los Salmos son el alimento principal de la oración cristiana y convergen en las peticiones del Padre Nuestro, San Agustín concluye:

«Recorred todas las oraciones que existen en la Sagrada Escritura; no creo que podáis encontrar una sola que no esté incluida y compendiada en esta oración dominical» (9).

2763. Todas las Escrituras (la Ley, los Profetas y los Salmos) se cumplieron en Cristo (10). El Evangelio es esta «buena nueva». Su primer anuncio lo resume San Mateo en el sermón de la montaña (11). Ahora bien, la oración del Padre Nuestro está en el centro de este anuncio. Y es en este contexto que se ilumina cada una de las peticiones de la oración legada por el Señor:

«La oración dominical es la más perfecta de las oraciones [...]. En ella, no sólo pedimos todo lo que podemos desear rectamente, sino también en el orden en que conviene desearlo. De tal modo que esta oración no sólo nos enseña a pedir, sino que también moldea todos nuestros afectos» (12).

2764. El sermón de la montaña es doctrina de vida y la oración dominical es súplica; pero en ambas, el Espíritu del Señor da una forma nueva a nuestros deseos, a esos movimientos interiores que animan nuestra vida. Jesús nos enseña la vida nueva con sus palabras y nos enseña a pedirla por la oración. De la rectitud de nuestra oración dependerá la de nuestra vida en Él.

II. «La oración del Señor»

2765. La expresión tradicional «oración dominical» (es decir, «oración del Señor») significa que la súplica dirigida a nuestro Padre nos ha sido enseñada y legada por el Señor Jesús. Tal oración, que nos viene de Jesús, es verdaderamente única: es «del Señor». Efectivamente, por una parte, en las palabras de esta oración el Hijo Único nos da las palabras que el Padre le dio (13): Él es el maestro de nuestra oración. Por otra parte, siendo el Verbo encarnado, conoce en su corazón de hombre las necesidades de sus hermanos y hermanas humanos y nos las revela: Él es el modelo de nuestra oración.

2766. Pero Jesús no nos deja una fórmula para ser repetida maquinalmente (14). Como en toda oración vocal, es por la Palabra de Dios que el Espíritu Santo enseña a los hijos de Dios a orar a su Padre. Jesús nos da, no sólo las palabras de nuestra oración filial, sino también, al mismo tiempo, el Espíritu por el cual se convierten en nosotros «espíritu y vida» (Jn 6, 63). Más aún: la prueba y la posibilidad de nuestra oración filial es que el Padre «envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: "Abbá ¡Padre!"» (Ga 4, 6). Puesto que nuestra oración traduce nuestros deseos ante el Padre, es también «Aquel que sondea los corazones», el Padre, quien «conoce el deseo del Espíritu, porque es según Dios que el Espíritu intercede por los santos» (Rm 8, 27). La oración a nuestro Padre se inserta en la misión misteriosa del Hijo y del Espíritu.

III. La oración de la Iglesia

2767. Este don indisoluble de las palabras del Señor y del Espíritu Santo que les da vida en el corazón de los creyentes fue recibido y vivido por la Iglesia desde sus orígenes. Las primeras comunidades rezaban la oración del Señor «tres veces al día» (15), en lugar de las «dieciocho bendiciones» usadas por la piedad judía.

2768. Según la Tradición apostólica, la oración del Señor está esencialmente radicada en la oración litúrgica:

El Señor «nos enseña a hacer nuestra oración en común por todos nuestros hermanos. Porque no dice "mi Padre" que estás en los cielos, sino "nuestro Padre", para que nuestra oración sea, en una sola alma, por todo el cuerpo de la Iglesia» (16).

En todas las tradiciones litúrgicas, la oración del Señor es parte integrante de las «horas» principales del Oficio Divino. Pero es sobre todo en los tres sacramentos de la iniciación cristiana que su carácter eclesial aparece con evidencia:

2769. En el Bautismo y la Confirmación, la entrega («traditio») de la oración del Señor significa el nuevo nacimiento a la vida divina. Puesto que la oración cristiana consiste en hablar a Dios con la propia Palabra de Dios, aquellos que son «regenerados [...] por la palabra del Dios vivo» (1 P 1, 23) aprenden a invocar a su Padre con la única palabra que Él escucha siempre. Y pueden hacerlo a partir de entonces, porque el sello de la unción del Espíritu Santo ha sido grabado indeleblemente en su corazón, en sus oídos, en sus labios, en todo su ser filial. Es por eso que la mayor parte de los comentarios patrísticos al Padre Nuestro van dirigidos a los catecúmenos y a los neófitos. Cuando la Iglesia reza la oración del Señor, es siempre el pueblo de los «recién nacidos» quien ora y obtiene misericordia (17).

2770. En la liturgia eucarística, la oración del Señor aparece como la oración de toda la Iglesia. Allí se revela su sentido pleno y su eficacia. Situada entre la anáfora (oración eucarística) y la liturgia de la comunión, recapitula, por un lado, todas las peticiones e intercesiones expresadas en el movimiento de la epiclesis; y por otro, llama a la puerta del festín del Reino que la Comunión sacramental va a anticipar.

2771. En la Eucaristía, la oración del Señor manifiesta también el carácter escatológico de sus peticiones. Es la oración propia de los «últimos tiempos», de los tiempos de la salvación que comenzaron con la efusión del Espíritu Santo y terminarán con el regreso del Señor. Las peticiones que hacemos a nuestro Padre, a diferencia de las oraciones de la Antigua Alianza, se apoyan en el misterio de la salvación ya realizada, de una vez para siempre, en Cristo crucificado y resucitado.

2772. De esta fe inquebrantable brota la esperanza que suscita cada una de las siete peticiones. Estas expresan los gemidos del tiempo presente, este tiempo de paciencia y de espera, durante el cual «aún no se ha manifestado lo que seremos» (1 Jn 3, 2) (18). La Eucaristía y el Padre Nuestro tienden a la venida del Señor, «hasta que venga» (1 Co 11, 26).

Resumiendo:

2773. En respuesta a la petición de sus discípulos («Señor, enséñanos a orar»: Lc 11, 1), Jesús les confía la oración cristiana fundamental del «Padre Nuestro».

2774. «La Oración Dominical es verdaderamente el resumen de todo el Evangelio» (19), «la más perfecta de las oraciones» (20). Está en el centro de la Sagrada Escritura.

2775. Se llama «Oración Dominical», porque nos viene del Señor Jesús, maestro y modelo de nuestra oración.

2776. La Oración Dominical es la oración de la Iglesia por excelencia. Forma parte integrante de las «horas» principales del Oficio Divino y de los sacramentos de la iniciación cristiana: Bautismo, Confirmación y Eucaristía. Integrada en la Eucaristía, manifiesta el carácter «escatológico» de sus peticiones, en la esperanza del Señor, «hasta que venga» (1 Co 11, 26).

ARTÍCULO 2

«PADRE NUESTRO, QUE ESTÁS EN EL CIELO»

I. «Atreverse a acercarse con toda confianza»

2777. En la liturgia romana, la asamblea eucarística es invitada a orar a nuestro Padre con audacia filial. Las liturgias orientales utilizan y desarrollan expresiones análogas: «Ousar con toda seguridad», «haznos dignos de». Ante la zarza ardiente se le dijo a Moisés: «No te acerques. Quítate las sandalias» (Ex 3, 5). Este umbral de la santidad divina, sólo Jesús pudo franquearlo, Él que, «habiendo realizado la purificación de los pecados» (Heb 1, 3), nos introduce ante la faz del Padre: «He aquí que yo, y los hijos que Dios me ha dado» (Heb 2, 13):

«La conciencia que tenemos de nuestra condición de esclavos nos haría hundir bajo tierra, nuestra condición terrena se disolvería en polvo, si la autoridad del propio Padre y el Espíritu de su Hijo no nos llevaran a soltar este grito diciendo: "¡Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama Abba, Padre!" (Rm 8, 15) [...]. ¿Cuándo la debilidad de un mortal se atrevería a llamar a Dios su Padre, sino solamente cuando lo íntimo del hombre es animado por el poder de lo alto?» (21).

2778. Este poder del Espíritu que nos introduce en la oración del Señor se expresa, en las liturgias de Oriente y Occidente, con la bella expresión típicamente cristiana: «parresía», sencillez sin desvío, confianza filial, seguridad alegre, audacia humilde, certeza de ser amado (22).

II. «¡Padre!»

2779. Antes de hacer nuestro este primer impulso de la oración del Señor, conviene purificar humildemente nuestro corazón de ciertas falsas imágenes «de este mundo». La humildad nos hace reconocer que «nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se digne revelárselo», es decir, «los pequeños» (Mt 11, 25-27). La purificación del corazón se refiere a las imágenes paternas o maternas provenientes de nuestra historia personal y cultural, que influyen en nuestra relación con Dios. Es que Dios, nuestro Padre, trasciende las categorías del mundo creado. Transportar hacia Él o contra Él, nuestras ideas en este dominio, sería fabricar ídolos, a adorar o a derribar. Orar al Padre es entrar en su misterio, tal como Él es y tal como el Hijo nos lo ha revelado:

«La expresión Dios Padre nunca había sido revelada a nadie. Cuando el propio Moisés preguntó a Dios quién era, oyó un nombre diferente. A nosotros, este nombre nos ha sido revelado en el Hijo; porque este nombre (de Hijo) implica el nombre de Padre» (23).

2780. Podemos invocar a Dios como «Padre», porque Él nos ha sido revelado por su Hijo hecho hombre y porque su Espíritu nos lo da a conocer. La relación personal del Hijo con el Padre (24), que el hombre no puede concebir ni los poderes angélicos pueden entrever, he aquí que el Espíritu del Hijo nos hace participar en ella, a nosotros que creemos que Jesús es el Cristo y que nacimos de Dios (25).

2781. Cuando oramos al Padre, estamos en comunión con Él y con su Hijo Jesucristo (26). Es entonces cuando Lo reconocemos en un encanto siempre nuevo. La primera palabra de la oración del Señor es una bendición de adoración, antes de ser una súplica. Porque la gloria de Dios es que Lo reconozcamos como «Padre», Dios verdadero. Le damos gracias por habernos revelado su nombre, por habernos dado la gracia de creer en Él, de ser habitados por su presencia.

2782. Podemos adorar al Padre porque Él nos ha hecho renacer a su vida adoptándonos por sus hijos en su Hijo Único: por el Bautismo, nos incorpora al cuerpo de su Cristo; y por la Unción de su Espíritu, que de la Cabeza se derrama por los miembros, nos hace «cristos»:

«Dios, que nos predestinó para la adopción de hijos, nos ha hecho conformes al cuerpo glorioso de Cristo. De ahora en adelante, pues, participantes de Cristo, sois con todo el derecho llamados "cristos"» (27).

«El hombre nuevo, que ha renacido y ha sido restituido a su Dios por la gracia, empieza por decir: "¡Padre!", porque se ha convertido en hijo» (28).

2783. De este modo, por la oración del Señor, se nos revela a nosotros mismos, al mismo tiempo que se nos revela el Padre (29):

«¡Oh hombre, no os atrevíais a levantar vuestro rostro al cielo, bajabais vuestros ojos a la tierra, y de repente recibisteis la gracia de Cristo: todos los pecados os fueron perdonados, de mal siervo os tornasteis buen hijo [...]. Por lo tanto, alzad los ojos al Padre que os rescató por su Hijo y decid: Padre nuestro [...]. Pero no reivindiquéis para vosotros algo especial. Sólo de Cristo es Él Padre de modo especial, de todos nosotros es Padre en común; porque sólo a Él engendró, mientras que a nosotros, nos creó. Por tanto, por gracia, decid también vosotros "Padre nuestro", para merecer ser hijo» (30).

2784. Este don gratuito de la adopción exige de nuestra parte una conversión continua y una vida nueva. Orar a nuestro Padre debe desarrollar en nosotros dos disposiciones fundamentales:

El deseo y la voluntad de parecernos a Él. Creados a su imagen, es por la gracia que la semejanza nos es restituida y a ella debemos corresponder.

«Debemos recordar que, cuando llamamos a Dios "nuestro Padre", tenemos que comportarnos como hijos de Dios» (31).

«No podéis llamar vuestro Padre al Dios de toda bondad si conserváis un corazón cruel e inhumano; porque, en ese caso, ya no tenéis la marca de la bondad del Padre celestial» (32).

«Debemos contemplar incesantemente la belleza del Padre y impregnar de ella nuestra alma» (33).

2785. Un corazón humilde y confiado que nos haga «volver al estado de niños» (Mt 18, 3): porque es a los «pequeños» a quienes el Padre se revela (Mt 11, 25):

Es un estado «que se forma contemplando a Dios solamente, con el ardor de la caridad. En él, el alma se funde y se abisma en santa dilección y trata con Dios como con su propio Padre, muy familiarmente, en una ternura de piedad muy particular» (34).

«Padre nuestro – ¿qué habrá de más querido para los hijos que el padre? – Este nombre suscita en nosotros al mismo tiempo el amor, el afecto en la oración, [...] y también la esperanza de obtener lo que vamos a pedir [...]. De hecho, ¿qué puede Él negar a la súplica de sus hijos, cuando ya previamente les ha permitido ser hijos suyos?» (35).

III. Padre «nuestro»

2786. Padre «nuestro» se refiere a Dios. Por nuestra parte, el adjetivo «nuestro» no expresa una posesión, sino una relación totalmente nueva con Dios.

2787. Cuando decimos Padre «nuestro», reconocemos, ante todo, que todas sus promesas de amor, anunciadas por los profetas, se cumplieron en la Nueva y eterna Alianza en su Cristo: nos hemos convertido en «su» pueblo y Él es de ahora en adelante «nuestro» Dios. Esta nueva relación es una pertenencia mutua, dada gratuitamente: es por amor y fidelidad (36) que debemos responder «a la gracia y a la verdad» que nos han sido dadas en Cristo Jesús (37).

2788. Puesto que la oración del Señor es la de su pueblo en los «últimos tiempos», este «nuestro» expresa también la certeza de nuestra esperanza en la última promesa de Dios: en la Jerusalén nueva, Él dirá al vencedor: «Yo seré su Dios y él será mi Hijo» (Ap 21, 7).

2789. Rezando al «nuestro» Padre, es al Padre de nuestro Señor Jesucristo que nos dirigimos personalmente. No dividimos la divinidad, pues el Padre es su «fuente y origen», pero confesamos de este modo que el Hijo es por Él engendrado eternamente y que de Él procede el Espíritu Santo. Tampoco confundimos las Personas, pues confesamos que nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo en su único Espíritu Santo. La Santísima Trinidad es consustancial e indivisible. Cuando rezamos al Padre, Lo adoramos y glorificamos con el Hijo y el Espíritu Santo.

2790. Gramaticalmente, «nuestro» califica una realidad común a varios. Hay un solo Dios, que es reconocido como Padre por aquellos que, por la fe en su Hijo Único, han renacido de Él por el agua y el Espíritu (38). La Iglesia es esta nueva comunión de Dios con los hombres; unida al Hijo Único, que se ha convertido en el «primogénito de muchos hermanos» (Rm 8, 29), está en comunión con un solo y mismo Padre, en un solo y mismo Espíritu Santo (39). Al rezar Padre «nuestro», cada bautizado reza en esta comunión: «La multitud de los que habían creído tenía un solo corazón y una sola alma» (Hec 4, 32).

2791. Es por eso que, a pesar de las divisiones de los cristianos, la oración al «nuestro» Padre continúa siendo un bien común y un llamado apremiante para todos los bautizados. En comunión por la fe en Cristo y por el Bautismo, deben participar en la oración de Jesús por la unidad de sus discípulos (40).

2792. Por fin, si rezamos en verdad el «Padre Nuestro», salimos del individualismo, pues el Amor que acogemos de Él nos libera. El «nuestro» del principio de la oración del Señor, así como el «nosotros» de las cuatro últimas peticiones, no es exclusivo de nadie. Para que sea dicho en verdad (41), nuestras divisiones y oposiciones tienen que ser superadas.

2793. Los bautizados no pueden decir Padre «nuestro», sin llevar hasta Él a todos aquellos por quienes Él dio a su Hijo amado. El amor de Dios no tiene fronteras; nuestra oración debe tenerlas también (42). Rezar Padre «nuestro» nos abre a las dimensiones de su amor manifestado en Cristo: orar con y por todos los hombres que aún no lo conocen, para que sean «reunidos en unidad» (43). Este cuidado divino por todos los hombres y por toda la creación ha animado a todos los grandes orantes; debe también dilatar nuestra oración en un amor sin límites, cuando nos atrevemos a decir: Padre «nuestro».

IV. «Que estás en el cielo»

2794. Esta expresión bíblica no significa un lugar («el espacio»), sino un modo de ser; no es el distanciamiento de Dios, sino su majestad. Nuestro Padre no está «en algún sitio», está «más allá de todo» lo que podemos concebir de su santidad. Y es por ser tres veces santo que Él está mismo junto al corazón humilde y contrito:

«Con razón estas palabras: "Padre nuestro que estás en el cielo" se refieren al corazón de los justos, en los cuales Dios habita como en su templo. Por eso, también aquel que ora ha de desear ver morar en sí a Aquel a quien invoca» (44). «Los "cielos" también podrían muy bien ser aquellos que traen en sí la imagen del mundo celeste y en quienes Dios mora y pasea» (45).

2795. El símbolo de los cielos nos remite al misterio de la Alianza que vivimos, cuando rezamos al Padre. Él está en los cielos: es su morada. La casa del Padre es, pues, nuestra «patria». Fue de la tierra de la Alianza que el pecado nos exilió (46), y es hacia el Padre, hacia el cielo, que la conversión del corazón nos hace volver (47). Ahora bien, fue en Cristo que el cielo y la tierra se reconciliaron (48), porque el Hijo «descendió del cielo», solo, y hacia allá nos hace subir juntamente consigo, por su cruz, resurrección y ascensión (49).

2796. Cuando la Iglesia reza «Padre nuestro que estás en los cielos», profesa que somos el pueblo de Dios ya sentado en los cielos en Cristo Jesús (50) escondidos con Cristo en Dios (51) y que, al mismo tiempo, «gemimos en esta tienda, anhelando revestirnos de nuestra morada celeste» (2 Co 5, 2) (52):

Los cristianos «están en la carne, pero no viven según la carne. Pasan la vida en la tierra, pero son ciudadanos del cielo» (53).

Resumiendo:

2797. La confianza sencilla y fiel, la seguridad humilde y alegre son las disposiciones que convienen a quien reza el Padre Nuestro.

2798. Podemos invocar a Dios como «Padre», porque nos lo ha revelado el Hijo de Dios hecho hombre, en quien, por el Bautismo, somos incorporados y adoptados como hijos de Dios.

2799. La oración del Señor nos pone en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Y, al mismo tiempo, nos revela a nosotros mismos (54).

2800. Rezar a nuestro Padre debe hacer crecer en nosotros la voluntad de parecernos a Él y crear en nosotros un corazón humilde y confiado.

2801. Al decir Padre «nuestro», invocamos la Nueva Alianza en Jesucristo, la comunión con la Santísima Trinidad y la caridad divina que, a través de la Iglesia, se extiende a las dimensiones del mundo.

2802. La expresión «que estás en los cielos» no designa un lugar, sino la majestad de Dios y su presencia en el corazón de los justos. El cielo, la Casa del Padre, constituye la verdadera patria, hacia la cual caminamos y a la cual desde ya pertencemos.

ARTÍCULO 3

LAS SIETE PETICIONES

2803. Después de habernos puesto en presencia de Dios nuestro Padre para Adorarlo, amarlo y bendecirlo, el Espíritu filial hace brotar de nuestros corazones siete peticiones, que son siete bendiciones. Las tres primeras, más teologales, nos atraen hacia la gloria del Padre; las cuatro últimas, como caminos hacia Él, exponen nuestra miseria a su gracia. «Abismo llama a abismo» (Sal 42, 8).

2804. El primer conjunto nos lleva hacia Él, para Él: ¡tu nombre, tu Reino, tu voluntad! Es propio del amor pensar, en primer lugar, en Aquél a quien amamos. En cada una de las tres súplicas, nosotros no nos «nombrarnos» a nosotros mismos, sino que lo que nos mueve es el «ardiente deseo», es incluso «el ansia» del Hijo amado por la gloria de su Padre (55): «Santificado sea [...]. Venga [...]. Hágase...». Estas tres súplicas ya han sido atendidas en el sacrificio de Cristo salvador, pero ahora están orientadas, en la esperanza, hacia su cumplimiento final, mientras Dios aún no es todo en todos (56).

2805. El segundo conjunto de peticiones sigue la dinámica de ciertas epíclesis eucarísticas: es ofrenda de nuestras expectativas y atrae la mirada del Padre de las misericordias. Parte de nosotros y nos concierne ya ahora, en este mundo: «Danos [...], perdónanos [...], no nos dejes [...], líbranos...». La cuarta y quinta peticiones se refieren a nuestra vida, como tal, ya sea para alimentarla, ya sea para curarla del pecado. Las dos últimas se refieren a nuestro combate por la victoria de la vida, que es el propio combate de la oración.

2806. Por las tres primeras peticiones, somos confirmados en la fe, colmados de esperanza y abrasados por la caridad. Criaturas y, además, pecadores, debemos pedir por nosotros – un «nosotros» a medida del mundo y de la historia – que entregamos al amor sin medida de nuestro Dios. Pues es por el nombre de su Cristo y por el Reino de su Espíritu Santo que nuestro Padre realiza su designio de salvación para nosotros y para todo el mundo.

I. «Santificado sea tu Nombre»

2807. La palabra «santificar» debe entenderse, aquí, antes que nada, no en su sentido causativo (sólo Dios santifica, hace santo), sino sobre todo en un sentido estimativo: reconocer como santo, tratar de un modo santo. Es así que, en la adoración, esta invocación se entiende a veces como alabanza y acción de gracias (57). Pero esta petición nos es enseñada por Jesús en forma optativa: un pedido, un deseo, y expectativa en la cual Dios y el hombre están comprometidos. Desde la primera petición a nuestro Padre, nos sumergimos en el misterio íntimo de su divinidad y en el drama de la salvación de nuestra humanidad. Pedirle que su nombre sea santificado es involucrarnos «en el benevolente designio que Él de antemano formó a nuestro respecto» (Ef 1, 9), para que «seamos santos e inmaculados ante Él, en el amor» (Ef 1, 4).

2808. En los momentos decisivos de su economía, Dios revela su nombre; pero lo revela realizando su obra. Ahora bien, esta obra sólo se realiza, para nosotros y en nosotros, si su nombre es santificado por nosotros y en nosotros.

2809. La santidad de Dios es el foco inaccesible de su misterio eterno. A lo que de ella se ha manifestado en la creación y en la historia, la Escritura llama Gloria, la irradiación de su majestad (58). Al hacer al hombre «a su imagen y semejanza» (Gn 1, 26), Dios «lo corona de gloria» (59), pero, al pecar, el hombre es «privado de la gloria de Dios» (60). Desde entonces, Dios va a manifestar su santidad revelando y dando su nombre, para restaurar al hombre «a imagen de su Creador» (Col 3, 10).

2810. En la promesa hecha a Abraham y en el juramento que la acompaña (61), Dios se compromete a Sí mismo, pero sin revelar su nombre. Es a Moisés que empieza a revelárselo (62), y lo manifiesta a los ojos de todo el pueblo salvándolo de los Egipcios: «se ha revestido de gloria» (Ex 15, 1). A partir de la Alianza del Sinaí, este pueblo es «suyo» y debe ser una «nación santa» (o consagrada; en hebreo es la misma palabra) (63), porque el nombre de Dios habita en ella.

2811. Ahora bien, a pesar de la Ley santa que el Dios santo le dio y volvió a dar (64), y mucho aunque el Señor, «por respeto a su nombre», usase de paciencia, el pueblo se desvió del Santo de Israel y «profanó su nombre entre las naciones» (65). Por eso, los justos de la Antigua Alianza, los pobres retornados del exilio y los profetas ardieron de pasión por el Nombre.

2812. Finalmente, es en Jesús que el nombre del Dios santo nos es revelado y dado, en la carne, como salvador (66): revelado por lo que Él es, por su Palabra y por su sacrificio (67). Es el corazón de su oración sacerdotal: «Padre santo, [...] por ellos Yo me consagro para que también ellos sean consagrados en la verdad» (Jn 17, 19). Porque Él mismo «santifica» su nombre (68), es que Jesús nos «manifiesta» el nombre del Padre (69). Al término de su Pascua es que el Padre le da entonces el nombre que está sobre todo nombre: Jesús es Señor para gloria de Dios Padre (70).

2813. En el agua del Bautismo, fuimos «purificados, santificados, justificados por el nombre del Señor Jesús Cristo y por el Espíritu de nuestro Dios» (1 Co 6, 11). En toda nuestra vida, nuestro Padre nos llama «a la santidad» (1 Ts 4, 7) y, puesto que es por Él que estamos en Cristo Jesús, «el cual se ha convertido para nosotros [...] en santidad» (1 Co 1, 30), interesa a su gloria y a nuestra vida que su nombre sea santificado en nosotros y por nosotros. Tal es la urgencia de nuestra primera petición.

«¿Por quién podría Dios ser santificado si es Él mismo quien santifica? Pero porque Él mismo dijo: "sed santos, porque Yo soy santo" (Lv 14, 44), nosotros que hemos sido santificados en el Bautismo, pedimos y rogamos para perseverar en lo que empezamos a ser. Y eso nosotros lo pedimos todos los días. Necesitamos una santificación cotidiana para que, incurriendo en faltas todos los días, todos los días seamos de ellas purificados por una santificación asidua [...] Por lo tanto, oramos para que esta santificación permanezca en nosotros» (71).

2814. Depende inseparablemente de nuestra vida y de nuestra oración que su nombre sea santificado entre las naciones:

«Pedimos a Dios que su nombre sea santificado, porque es por la santidad que Él salva y santifica toda la creación. [...] Este es el nombre que da la salvación al mundo perdido. Pero pedimos que este nombre de Dios sea santificado en nosotros por nuestra actuación. Porque si actuamos bien, el nombre de Dios es bendito; pero es blasfemado si actuamos mal. Escucha lo que dice el Apóstol: "El nombre de Dios es blasfemado entre las naciones, por causa de vosotros" (Rm 2, 24) 72. Nosotros, por lo tanto, pedimos para merecer tener en nuestras costumbres tanta santidad, cuanto es santo el nombre de Dios» (73).

«Cuando decimos: "Santificado sea vuestro Nombre", pedimos que sea santificado en nosotros que estamos en Él, pero también en los otros, por quienes la gracia de Dios todavía está a la espera, para conformarnos al precepto que nos obliga a orar por todos, incluso por nuestros enemigos. Es por eso que no decimos expresamente: santificado sea vuestro nombre "en nosotros", porque pedimos que lo sea en todos los hombres» (74).

2815. Esta petición, que las incluye todas, es atendida por la oración de Cristo, como las restantes seis peticiones que se siguen. La oración que hacemos a nuestro Padre es nuestra, si es rezada «en nombre» de Jesús (75). En su oración sacerdotal, Jesús pide: «Padre santo, guarda en tu nombre a los que me has dado» (Jn 17, 11).

II. «Venga a nosotros tu Reino»

2816. En el Nuevo Testamento, la misma palabra «basileia» puede traducirse por realeza (nombre abstracto), reino (nombre concreto) o reinado (nombre de acción). El Reino de Dios está ante nosotros. Se acercó en el Verbo encarnado, fue anunciado a través de todo el Evangelio, vino en la muerte y resurrección de Cristo. El Reino de Dios viene desde la santa cena y, en la Eucaristía, está en medio de nosotros. El Reino vendrá en la gloria, cuando Cristo lo entregue a su Padre:

«¿Es incluso posible [...] que el Reino de Dios signifique a Cristo mismo, a Quien todos los días deseamos que venga y cuya Venida queremos que suceda pronto. Del mismo modo que Él es nuestra resurrección, pues en Él resucitamos, así también puede ser Él mismo el Reino de Dios, porque en Él reinaremos» (76).

2817. Esta petición es el «Marana Tha», el clamor del Espíritu y de la esposa: «¡Ven, Señor Jesús!»:

«Incluso si esta oración no nos hubiera impuesto el deber de pedir la venida de este Reino, habríamos soltado espontáneamente este grito, con prisa por ir a abrazar el objeto de nuestras esperanzas. Las almas de los mártires, bajo el altar de Dios, invocan al Señor con grandes gritos: "¿Hasta cuándo, Señor, hasta cuándo tardarás en pedir cuentas de nuestra sangre a los habitantes de la tierra?" (Ap 6, 10). Ellos deben, en efecto, alcanzar justicia, al final de los tiempos. ¡Apresura, por lo tanto, Señor, la venida de tu Reino!» (77).

2818. En la oración del Señor, se trata principalmente de la venida final del Reino de Dios por el regreso de Cristo (78). Pero este deseo no distrae a la Iglesia de su misión en este mundo, antes la compromete en ella. Porque, desde Pentecostés, la venida del Reino es obra del Espíritu del Señor, «para continuar su obra en el mundo y consumar toda santificación» (79).

2819. «El Reino de Dios [...] es justicia, paz y alegría en el Espíritu Santo» (Rm 14, 17). Los últimos tiempos en que nos encontramos son los de la efusión del Espíritu Santo. Se libra desde entonces un combate decisivo entre «la carne» y el Espíritu (80):

«Sólo un corazón puro puede decir con confianza: "Venga a nosotros tu Reino". Es preciso haber pasado por la escuela de Pablo para decir: "Que el pecado deje de reinar en vuestro cuerpo mortal" (Rm 6, 12). Quien se conserva puro en sus actos, pensamientos y palabras es quien puede decir a Dios: "¡Venga a nosotros tu Reino!"» (81).

2820. Discerniendo según el Espíritu, los cristianos deben distinguir entre el crecimiento del Reino de Dios y el progreso de la cultura y de la sociedad en la que están insertos. Esta distinción no es una separación. La vocación del hombre a la vida eterna no suprime, antes refuerza, su deber de aplicar las energías y los medios recibidos del Creador al servicio de la justicia y de la paz en este mundo (82).

2821. Esta petición es hecha y atendida en la oración de Jesús (83), presente y eficaz en la Eucaristía; ella produce su fruto en la vida nueva según las bienaventuranzas (84).

III. «Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo»

2822. Es voluntad de nuestro Padre «que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Tm 2, 3-4). Él «usa de paciencia [...], no queriendo que ninguno se pierda» (2 P 3, 9) (85). Su mandamiento, que resume todos los demás y nos dice toda su voluntad, es que nos amemos unos a otros como Él nos amó (86).

2823. Él «nos ha manifestado el misterio de su voluntad, según el beneplácito que en Él de antemano estableció [...]: instaurar todas las cosas en Cristo [...]. Fue en Él también que fuimos elegidos como su herencia, predestinados según el designio de aquel que todo lo obra conforme a la decisión de su voluntad» (Ef 1, 9-11). Pedimos con empeño que este plan benevolente se realice por completo en la tierra, como ya se cumple en el cielo.

2824. Fue en Cristo y por su voluntad humana que la voluntad del Padre se cumplió perfectamente y de una vez para siempre. Al entrar en este mundo, Jesús dijo: «Yo vengo, [...] ¡oh Dios!, para hacer tu voluntad» (Heb 10, 7) (87). Sólo Jesús puede decir: «Hago siempre lo que le agrada» (Jn 8, 29). En la oración de su agonía, se conforma totalmente con esta voluntad: «¡No se haga mi voluntad, sino la tuya!» (Lc 22, 42) (88). He aquí por qué Jesús «se entregó por nuestros pecados [...] conforme a la voluntad de Dios» (Ga 1, 4). «En virtud de esa misma voluntad es que hemos sido santificados, por la ofrenda del cuerpo de Jesucristo» (Heb 10, 10).

2825. Jesús, «a pesar de ser Hijo, aprendió, por lo que sufrió, lo que es obedecer» (Heb 5, 8). ¡Con cuánta más razón nosotros, criaturas y pecadores, que en Él nos hemos convertido en hijos de adopción! Pedimos a nuestro Padre que una nuestra voluntad a la de su Hijo, para que se cumpla su voluntad, su plan de salvación para la vida del mundo. Somos radicalmente impotentes para ello, pero unidos a Jesús y con el poder de su Espíritu Santo, podemos entregarle nuestra voluntad y decidir elegir lo que su Hijo siempre eligió: hacer lo que agrada al Padre (89):

«Adhiriéndonos a Cristo, podemos convertirnos en un solo espíritu con Él y así cumplir su voluntad; de este modo, ella se hará en la tierra como en el cielo» (90). «Considerad cómo Jesucristo nos enseña a ser humildes, haciéndonos ver que nuestra virtud no depende sólo de nuestro trabajo, sino de la gracia de Dios. Aquí, Él ordena a todo fiel que ora a hacerlo de modo universal, por toda la tierra. Porque no dice "hágase tu voluntad" en mí o en ti, sino "en toda la tierra": para que de ella sea desterrado el error y en ella reine la verdad, el vicio sea destruido y la virtud florezca, y para que la tierra deje de ser diferente del cielo» (91).

2826. Es por la oración que podemos discernir cuál es la voluntad de Dios (92) y obtener perseverancia para cumplirla (93). Jesús nos enseña que se entra en el Reino de los cielos, no por palabras, sino «haciendo la voluntad de mi Padre que está en los cielos» (Mt 7, 21).

2827. «Si alguien honra a Dios y cumple su voluntad, Él lo atiende» (Jn 9, 31) (94). Tal es el poder de la oración de la Iglesia hecha en nombre de su Señor, sobre todo en la Eucaristía; ella es comunión de intercesión con la santísima Madre de Dios (95) y con todos los santos que fueron «agradables» al Señor por no haber querido sino su voluntad:

«Podemos todavía, sin traicionar la verdad, traducir estas palabras: "hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo" por estas otras: en la Iglesia como en nuestro Señor Jesucristo; en la esposa que le fue desposada, como en el esposo que cumplió la voluntad del Padre» (96).

IV. «El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy»

2828. «Danos»: ¡qué bella es la confianza de los hijos, que todo esperan del Padre! «Él hace nacer su sol sobre malos y buenos y llueve sobre justos e injustos» (Mt 5, 45); da a todos los seres vivos «de comer a su tiempo» (Sal 104, 27). Es Jesús quien nos enseña esta petición que, de hecho, glorifica a nuestro Padre porque es el reconocimiento de cuánto Él es bueno, por encima de toda bondad.

2829. «Danos» es también expresión de la Alianza: nosotros somos suyos y Él es nuestro, es para nosotros. Pero este «nosotros» lo reconoce también como Padre de todos los hombres, y le pedimos por todos, solidarios con sus necesidades y sus sufrimientos.

2830. «El pan nuestro». El Padre que nos da la vida no puede dejar de darnos el alimento necesario para la vida y todos los bienes «convenientes», materiales y espirituales. En el sermón de la montaña, Jesús insiste en esta confianza filial que coopera con la providencia de nuestro Padre (97). No nos incita a ninguna especie de pasividad (98), sino que quiere liberarnos de toda inquietud ansiosa y de toda preocupación. Así es el abandono filial de los hijos de Dios:

«A aquellos que buscan el Reino y la justicia de Dios, Él promete dar todo por añadidura. En efecto, todo pertenece a Dios: nada le faltará a aquel que posee a Dios si él mismo no falta a Dios» (99).

2831. Pero la presencia de aquellos que tienen hambre por falta de pan revela otra profundidad de esta petición. El drama del hambre en el mundo llama a los cristianos que oran con sinceridad a asumir una responsabilidad efectiva en relación con sus hermanos, tanto en sus comportamientos personales como en la solidaridad con la familia humana. Esta petición de la oración del Señor no puede aislarse de las parábolas del pobre Lázaro (100) y del Juicio final (101).

2832. Como la levadura en la masa, la novedad del Reino debe fermentar la tierra con el Espíritu de Cristo (102). Ha de manifestarse por la instauración de la justicia en las relaciones personales y sociales, económicas e internacionales, sin olvidar nunca que no hay ninguna estructura justa sin hombres que quieran ser justos.

2833. Se trata del «nuestro» pan, de «uno» para «muchos». La pobreza de las bienaventuranzas es la virtud de la compartición. Invita a comunicar y a compartir los bienes materiales y espirituales, no por coacción, sino por amor, para que la abundancia de unos remede las necesidades de los otros (103).

2834. «Ora y trabaja» (104). «Orad como si todo dependiera de Dios, y trabajad como si todo dependiera de vosotros» (105). Habiendo nosotros hecho nuestro trabajo, el alimento continúa siendo una dádiva de nuestro Padre; es bueno pedírselo dándole gracias por él. Tal es el sentido de la bendición de la mesa en una familia cristiana.

2835. Esta petición y la responsabilidad que comporta valen también para otra hambre de que los hombres mueren: «El hombre no vive sólo de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4, 4) (106), es decir, de su Palabra y de su Aliento. Los cristianos deben movilizar todos los esfuerzos para «anunciar el Evangelio a los pobres». Hay un hambre en la tierra que «no es hambre de pan ni sed de agua, sino de oír la Palabra del Señor» (Am 8, 11). Es por eso que el sentido específicamente cristiano de esta cuarta petición tiene que ver con el Pan de Vida: la Palabra de Dios, que debe ser acogida en la fe, y el cuerpo de Cristo, recibido en la Eucaristía (107).

2836. «Hoy» es otra expresión de confianza. Es el Señor quien nos la enseña (108); nuestra presunción no podría inventarla. Tratándose sobre todo de su Palabra y del cuerpo de su Hijo, este «hoy» no es solamente el de nuestro tiempo mortal: es el «Hoy» de Dios:

«Si cada día recibes el pan, cada día es hoy para ti. Si Cristo es para ti hoy, todos los días Él resucita para ti. ¿Cómo es eso? "Tú eres mi Hijo, hoy te he engendrado" (Sal 2, 7). Hoy significa: cuando Cristo resucita» (109).

2837. «De cada día». Esta palabra «epioúsios» no se usa en ningún otro lugar del Nuevo Testamento. Tomada en un sentido temporal, es una repetición pedagógica del «hoy» (110) para confirmarnos en una confianza «sin reservas». Tomada en sentido cualitativo, significa lo necesario para la vida y, de un modo más amplio, todo el bien suficiente para la subsistencia (111). Tomada literalmente (epioúsios, «sobre-sustancial»), designa directamente el Pan de Vida, el cuerpo de Cristo, «remedio de inmortalidad» (112), sin el cual no tenemos la vida en nosotros (113). Finalmente, ligada a lo antecedente, es evidente el sentido celestial: «este día» es el del Señor, el del banquete del Reino, anticipado en la Eucaristía que es ya el anticipo del Reino que viene. Es por eso conveniente que la liturgia Eucarística sea celebrada en «cada día».

«La Eucaristía es nuestro pan de cada día [...]. La virtud propia de este alimento es la de realizar la unidad para que, reunidos en el cuerpo de Cristo, hechos sus miembros, seamos lo que recibimos. [...] Y también son pan de cada día las lecturas que cada día oís en la iglesia; y los himnos que escucháis y cantáis, son pan de cada día. Estos son los mantimentos necesarios para nuestra peregrinación» (114).

El Padre celestial nos exhorta a pedir, como hijos del cielo, el Pan celestial (115). Cristo «es Él mismo el Pan que, sembrado en la Virgen, leudado en la carne, amasado en la pasión, cocido en el horno del sepulcro, guardado en reserva en la Iglesia, llevado a los altares, proporciona cada día a los fieles un alimento celeste» (116).

V. «Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden»

2838. Esta petición es sorprendente. Si comportase solamente el primer miembro de la frase – «Perdona nuestras ofensas» – podría estar incluida implícitamente en las tres primeras peticiones de la oración del Señor, pues el sacrificio de Cristo es «para la remisión de los pecados». Pero, de acuerdo con el segundo miembro de la frase, nuestra petición no será atendida sin que primero hayamos satisfecho una exigencia. Es una petición vuelta hacia el futuro y nuestra respuesta debe haberla precedido; las une una expresión: «como».

«PERDONA NUESTRAS OFENSAS»...

2839. Hemos empezado a orar a nuestro Padre con un sentimiento de audaz confianza. Suplicándole que su nombre sea santificado, le pedimos que seamos cada vez más santificados. Pero, a pesar de estar revestidos de la veste bautismal, no hemos dejado de pecar, de desviarnos de Dios. Ahora, en esta nueva petición, volvemos a Él, como el hijo pródigo (117), y nos reconocemos pecadores en su presencia, como el publicano (118). Nuestra petición empieza por una «confesión» en la cual, al mismo tiempo, confesamos nuestra miseria y su misericordia. Nuestra esperanza es firme, pues que en su Hijo «tenemos la redención, la remisión de nuestros pecados» (Col 1, 14) (119). Y encontramos en los sacramentos de su Iglesia el signo eficaz e indudable de su perdón (120).

2840. Ahora bien, y eso es temible, esta ola de misericordia no puede penetrar en nuestros corazones mientras no hayamos perdonado a aquellos que nos ofendieron. El amor, como el cuerpo de Cristo, es indivisible: no podemos amar a Dios, a quien no vemos, si no amamos al hermano o a la hermana, que vemos (121). Negándonos a perdonar a nuestros hermanos o hermanas, nuestro corazón se cierra, su dureza lo vuelve impermeable al amor misericordioso del Padre. En la confesión de nuestro pecado, nuestro corazón se abre a su gracia.

2841. Esta petición es tan importante que es la única en la cual el Señor vuelve a insistir, desarrollándola en el sermón de la montaña (122). Esta exigencia crucial del misterio de la Alianza es imposible para el hombre. Pero «a Dios todo le es posible» (Mt 19, 26).

«COMO TAMBIÉN NOSOTROS PERDONAMOS A LOS QUE NOS OFENDEN»

2842. Este «como» no es único en la enseñanza de Jesús. «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5, 48); «sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso» (Lc 6, 36); «os doy un mandamiento nuevo: amaos unos a otros como Yo os he amado» (Jn 13, 34). Observar el mandamiento del Señor es imposible, cuando se trata de imitar, desde el exterior, el modelo divino. Se trata de una participación vital, venida «del fondo del corazón», en la santidad, la misericordia y el amor de nuestro Dios. Sólo el Espíritu, que es «nuestra vida» (Ga 5, 25), puede hacer «nuestros» los mismos sentimientos que existieron en Cristo Jesús (123). Entonces, la unidad del perdón se vuelve posible, «perdonándoos mutuamente como Dios os ha perdonado en Cristo» (Ef 4, 32).

2843. Así cobran vida las palabras del Señor sobre el perdón, sobre este amor que ama hasta el extremo del amor (124). La parábola del siervo desapiadado, que concluye la enseñanza del Señor sobre la comunión eclesial (125), termina con estas palabras: «Así procederá con vosotros mi Padre celestial, si cada uno de vosotros no perdona a su hermano de todo corazón». Es ahí, de hecho, «en el fondo del corazón», que todo se ata y desata. No está en nuestro poder dejar de sentir y olvidar la ofensa; pero el corazón que se entrega al Espíritu Santo cambia la herida en compasión y purifica la memoria, transformando la ofensa en intercesión.

2844. La oración cristiana llega hasta el perdón de los enemigos (126). Transfigura al discípulo, configurándolo con su Maestro. El perdón es la cumbre de la oración cristiana; el don de la oración sólo puede ser recibido en un corazón en sintonía con la compasión divina. El perdón atestigua también que, en nuestro mundo, el amor es más fuerte que el pecado. Los mártires de ayer y de hoy dan este testimonio de Jesús. El perdón es la condición fundamental de la reconciliación (127) de los hijos de Dios con su Padre y de los hombres entre sí (128).

2845. No hay límite ni medida para este perdón esencialmente divino (129). Cuando se trata de ofensas (de «pecados», según Lc 11, 4, o de «deudas» según Mt 6, 12), de hecho nosotros somos siempre deudores: «No debáis a nadie cosa alguna, sino el amor mutuo» (Rm 13, 8). La comunión de la Santísima Trinidad es la fuente y el criterio de la verdad de toda relación (130). Y se vive en la oración, sobre todo en la Eucaristía (131):

«Dios no acepta el sacrificio del disidente y le manda retirarse del altar y reconciliarse primero con el hermano: sólo con oraciones pacíficas se pueden hacer las paces con Dios. El mayor sacrificio para Dios es nuestra paz, la concordia fraterna y un pueblo reunido en la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (132).

VI. «No nos dejes caer en tentación»

2846. Esta petición alcanza la raíz de la precedente, porque nuestros pecados son fruto del consentimiento en la tentación. Pedimos a nuestro Padre que no nos «deje caer» en la tentación. Traducir en una sola palabra el término griego es difícil. Significa «no permitas que entre en» (133), «no nos dejes sucumbir a la tentación». «Dios no es tentado por el mal, ni tienta a nadie» (St 1, 13). Por el contrario, Él quiere librarnos del mal. Lo que Le pedimos es que no nos deje seguir por el camino que conduce al pecado. Nosotros estamos inmersos en el combate «entre la carne y el Espíritu». Esta petición implora el Espíritu de discernimiento y de fortaleza.

2847. El Espíritu Santo nos permite discernir entre la prueba, necesaria para el crecimiento del hombre interior (134) en vista de una virtud «comprobada» (135) y la tentación que conduce al pecado y a la muerte (136). Debemos también distinguir entre «ser tentado» y «consentir» en la tentación. Finalmente, el discernimiento desenmascara la mentira de la tentación: aparentemente, su objeto es «bueno, agradable a la vista, deseable» (Gn 3, 6), cuando, en realidad, su fruto es la muerte.

«Dios no quiere imponer el bien, quiere que seáis libres [...]. Para algo sirve la tentación. Nadie, sino Dios, sabe lo que nuestra alma ha recibido de Dios, ni nosotros mismos. Pero la tentación lo manifiesta para enseñarnos a conocernos y de ese modo descubrir nuestra miseria y obligarnos a dar gracias por los bienes que la tentación nos ha manifestado» (137).

2848. «No entrar en tentación» implica una decisión del corazón: «Donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón [...] Nadie puede servir a dos señores» (Mt 6, 21, 24). «Si vivimos por el Espíritu, caminemos también según el Espíritu» (Ga 5, 25). Es en este «consentimiento» al Espíritu Santo que el Padre nos da la fuerza. «Ninguna tentación os ha sobrevenido que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados sobre vuestras fuerzas, sino que con la tentación os dará también la salida, para que podáis soportarla» (1 Co 10, 13).

2849. Ahora bien, un tal combate y una tal victoria sólo son posibles por la oración. Fue por la oración que Jesús venció al Tentador desde el principio (138) y en el último combate de su agonía (139). Fue a su combate y a su agonía que Cristo nos unió en esta petición a nuestro Padre. La vigilancia del corazón es recordada con insistencia (140) en comunión con la suya. La vigilancia es la «guarda del corazón» y Jesús pide al Padre que «nos guarde en su nombre» (141). El Espíritu Santo busca incesantemente despertarnos a esta vigilancia (142). Esta petición adquiere todo su sentido dramático, cuando se relaciona con la tentación final de nuestro combate en la tierra: pide la perseverancia final. «He aquí que llego como ladrón: feliz de quien esté en vela» (Ap 16, 15).

VII. «Mas líbranos del Mal»

2850. La última petición a nuestro Padre también está incluida en la oración de Jesús: «No te pido que los saques del mundo, sino que los guardes del Maligno» (Jn 17, 15). Ella nos concierne, a cada uno personalmente, pero somos siempre «nosotros» quienes rezamos, en comunión con toda la Iglesia, por la liberación de toda la familia humana. La oración del Señor no cesa de abrirnos a las dimensiones de la economía de la salvación. Nuestra interdependencia en el drama del pecado y de la muerte se transforma en solidaridad en el cuerpo de Cristo, en «comunión de los santos» (143).

2851. En esta petición, el Mal no es una abstracción, sino que designa a una persona, Satanás, el Maligno, el ángel que se opone a Dios. El «Diablo» («dia-bolos») es aquel que «se atraviesa» en el designio de Dios y en su «obra de salvación» realizada en Cristo.

2852. «Asesino desde el principio, [...] mentiroso y padre de la mentira» (Jn 8, 44), «Satanás, que seduce a todo el universo» (Ap 12, 9), fue por él que el pecado y la muerte entraron en el mundo, y es por su derrota definitiva que toda la creación será «liberada del pecado y de la muerte» (144). «Sabemos que nadie que ha nacido de Dios peca, porque lo preserva Aquel que ha sido engendrado por Dios, y el Maligno, así, no lo toca. Sabemos que somos de Dios y que el mundo entero está sujeto al Maligno» (1 Jn 5, 18-19):

«El Señor, que quitó tu pecado y perdonó tus faltas, tiene el poder de protegerte y guardarte contra las insidias del Diablo que te combate, para que no te sorprenda el enemigo que tiene el hábito de engendrar la culpa. Pero quien se entrega a Dios no tiene miedo del Diablo. Porque "¿si Dios está por nosotros, quién contra nosotros?" (Rm 8, 31)» (145).

2853. La victoria sobre el «príncipe de este mundo» (146) fue alcanzada, de una vez para siempre, en la «Hora» en que Jesús libremente Se entregó a la muerte para darnos su vida. Fue el juicio de este mundo, y el príncipe de este mundo fue «expulsado» (147). «Se puso a perseguir a la Mujer» (Ap 12, 13) (148), pero no logró alcanzarla: la nueva Eva, «llena de la gracia» del Espíritu Santo, fue preservada del pecado y de la corrupción de la muerte (Inmaculada Concepción y Asunción de la santísima Madre de Dios, María, siempre Virgen). Entonces, «furioso contra la Mujer, fue a hacer la guerra contra el resto de su descendencia» (Ap 12, 17). He aquí por qué el Espíritu y la Iglesia ruegan: «¡Ven, Señor Jesús!» (Ap 22, 17.20), ya que su venida nos liberará del Maligno.

2854. Al pedir que seamos liberados del Maligno, pedimos igualmente ser liberados de todos los males, presentes, pasados y futuros, de los cuales él es autor o instigador. En esta última petición, la Iglesia lleva a la presencia del Padre toda la desolación del mundo. Con la liberación de los males que pesan sobre la humanidad, la Iglesia implora el don precioso de la paz y la gracia de la espera perseverante del regreso de Cristo. Orando así, anticipa en la humildad de la fe la recapitulación de todos y de todo, en Aquél que «tiene las llaves de la muerte y de la morada de los muertos» (Ap 1, 18), «Aquel que es, que era y que ha de venir, el Todopoderoso» (Ap 1, 8) (149):

«Líbranos de todo mal, Señor, y da al mundo la paz en nuestros días, para que, ayudados por tu misericordia, seamos siempre libres del pecado y de toda perturbación, mientras esperamos la venida gloriosa de Jesucristo nuestro Salvador» (150).

LA DOXOLOGÍA FINAL

2855. La doxología final – «Porque tuyo es el Reino, el poder y la gloria» – retoma, por inclusión, las tres primeras peticiones del Padre Nuestro: la glorificación de su nombre, la venida de su Reino y el poder de su voluntad salvífica. Pero esta repetición se hace ahora bajo la forma de acción de gracias, como en la liturgia celeste (151). El príncipe de este mundo se había atribuido mentirosamente estos tres títulos de realeza, de poder y de gloria (152). Cristo, el Señor, los restituye a su y nuestro Padre, hasta que Le entregue el Reino, cuando esté definitivamente consumado el misterio de la salvación y Dios sea todo en todos (153).

2856. «Después, terminada la oración, dices: Amén, suscribiendo con esta palabra, que significa "Así sea" (154), el contenido de esta oración que Dios nos enseñó» (155).

Resumiendo:

2857. En el «Padre Nuestro», las tres primeras peticiones tienen por objeto la gloria del Padre: la santificación del Nombre, la venida del Reino y el cumplimiento de la divina voluntad. Las otras cuatro peticiones le presentan nuestros deseos: peticiones concernientes a nuestra vida para alimentarla o curarla del pecado, o relativas a nuestro combate por la victoria del Bien sobre el Mal.

2858. Al pedir: «santificado sea tu Nombre», entramos en el designio de Dios, que es la santificación de su nombre – revelado a Moisés y luego en Jesús – por nosotros y en nosotros, así como en todas las naciones y en cada hombre.

2859. En la segunda petición, la Iglesia tiene en vista principalmente el regreso de Cristo y la venida final del reinado de Dios. Reza también por el crecimiento del Reino de Dios en el «hoy» de nuestras vidas.

2860. En la tercera petición, pedimos al Padre que una nuestra voluntad a la de Su Hijo para cumplir su designio de salvación en la vida del mundo.

2861. En la cuarta petición, al decir «danos», expresamos, en comunión con nuestros hermanos, nuestra confianza filial en nuestro Padre de los cielos. «El pan nuestro» designa el alimento terrestre necesario para la subsistencia de todos nosotros, pero significa también el Pan de Vida: la Palabra de Dios y el Cuerpo de Cristo. Él es recibido en el «Hoy» de Dios, como alimento indispensable y (sobre) sustancial del banquete del Reino, anticipado en la Eucaristía.

2862. La quinta petición implora para nuestras ofensas la misericordia de Dios, la cual no puede penetrar en nuestro corazón sin que nosotros hayamos sido capaces de perdonar a nuestros enemigos, a ejemplo y con la ayuda de Cristo.

2863. Al decir: «no nos dejes caer en tentación», pedimos a Dios que no permita que emprendamos el camino que conduce al pecado. Esta petición implora el Espíritu de discernimiento y de fortaleza; solicita la gracia de la vigilancia y la perseverancia final.

2864. En la última petición: «mas líbranos del Mal», el cristiano ruega a Dios, con la Iglesia, que manifieste la victoria, ya alcanzada por Cristo, sobre el «príncipe de este mundo», Satanás, el ángel que se opone personalmente a Dios y a su plan de salvación.

2865. Por el «Amén» final, expresamos nuestro «fiat» en relación a las siete peticiones: «Así sea...».

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